Consistencia o incompatibilidad: Las substancias eternas
inm—viles de Metaf’sica Lambda
Oscar Vel‡squez
Universidad de Chile
Como es sabido, el Libro Lambda de la Metaf’sica afirma que hay tres tipos de substancia (οὐσία), a saber,
una sensible, que se divide en substancia (1) eterna, y (2) corruptible; y un
tercer tipo, que corresponde a la substancia inm—vil. Las dos primeras clases
de substancias, por estar acompa–adas de movimiento, incluida la substancia
eterna sensible (i.e., los astros), son estudiadas b‡sicamente por la f’sica,
mientras que la clase de substancia inm—vil, lo es por otra ciencia, que
podemos llamar metaf’sica, pero que en palabras del mismo Arist—teles se la
denomina Òteol—gicaÓ (θεολογική, E 1, 1026a
19). Es tambiŽn sabido que, segœn Arist—teles, hay un primer motor inm—vil, que
corresponde a este œltimo tipo de substancia, que existe por necesidad, no
sujeto a ninguna contingencia, sola actualidad, cuyo pensamiento es pensamiento
de pensamiento, causa final en cuanto que es ella misma el bien deseado;
principio, en fin, inteligente del que pende la estructura toda del universo
f’sico. Se establece, adem‡s, su condici—n de realidad separada —sea el
que fuere su significado— de las cosas sensibles.
Siendo as’ las cosas, es conocido adem‡s que es
objeto de controversia la irrupci—n, al parecer inopinada, en el cap’tulo
octavo del mismo libro de la Metaf’sica de
55 esferas celestes, las que a su vez son movidas por otras tantas substancias
eternas inm—viles. Los cap’tulos sexto y sŽptimo de Lambda acreditan m‡s all‡ de toda duda la doctrina de un primer
motor inm—vil en el sistema aristotŽlico, de modo que, si el cap’tulo VIII
consagra la presencia de otros motores inm—viles —que ostentan tambiŽn la
categor’a de substancias eternas—, nos hallamos aparentemente ante una
dificultad no f‡cil de explicar. Sin entrar a discutir la verosimilitud
intr’nseca de estas argumentaciones, si Arist—teles sostiene que
hay otros varios motores inm—viles aparte del primero, son muchos los
estudiosos que no vacilan en afirmar que se contradice, por ser incompatible
con sus asertos de los cap’tulos justamente anteriores, que hablan al parecer
de un solo motor de ese tipo.[1] La
siguiente afirmaci—n de Felix Grayeff puede
servir de ejemplo representativo para
describir este modo de ver la situaci—n:
ÔDespuŽs
que la teor’a de un motor inm—vil, Dios, ha sido planteada convincentemente en
Lambda VII, la cuesti—n es
presentada inesperadamente en LambdaVIII de si hay solo un motor original o
varios. La respuesta es firmemente en favor de la existencia de varios motores
y, en la secci—n principal de Lambda VIII, se bosquejan tres teor’as acerca del
nœmero exacto de los motores. As’ que Lambda VII y VIII se contradicen el uno
al otro tanto en la letra como en el esp’ritu de su ense–anzaÕ. [2]
De m‡s est‡ decir que las posiciones frente a este
asunto adquieren diversidad de matices.[3] No se
debe olvidar que muchos acuden al expediente de considerar que Lambda VIII no forma parte org‡nica del
libro,[4] y lo consideran insertado posteriormente ya sea por
el mismo Arist—teles o un nuevo estudioso del Peripato. Yo, por mi parte, deseo
establecer con la mayor claridad posible cu‡les son los objetivos de esta
presentaci—n. Deseo, en primer lugar, dar razones que favorezcan la
consistencia, es decir, la coherencia entre ambas doctrinas al interior de los
postulados propuestos por el mismo Arist—teles. Es decir, varios motores
inm—viles, que mueven a los planetas, pueden coexistir con el œnico, que al
mover el primer cielo mueve mediatamente a los restantes. Ahora bien, no
intento apoyar el caso argumentando acerca de la trabaz—n l—gica interna que
pudiera haber entre una substancia inm—vil y varias;[5] mi objetivo est‡ m‡s bien en proporcionar indicios y
testimonios de que en los cap’tulos VI y VII (y podemos a–adir el IX) de Lambda —en que, como sabemos,
Arist—teles arguye con tanta fuerza en favor del motor œnico inm—vil,
Dios— podemos tambiŽn hallar indicaciones adicionales acerca de los otros
motores, substancias eternas inm—viles. Son indicaciones que aparecen
estratŽgicamente puestas en los cap’tulos aludidos. Estas referencias, deseo
se–alar, forman parte de la explicaci—n misma del discurso acerca del motor
inm—vil, Dios, y se entrelazan de tal manera entre s’, que la propuesta de Lambda VIII acerca de los motores
inm—viles mœltiples no deber’a aparecer como una sorpresa, sino como un
desarrollo razonable y aceptablemente predecible de los anteriores cap’tulos.
Es natural, entonces, que me ocupe primero en mostrar y analizar cu‡les son
esas menciones, o al menos alusiones a las substancias inm—viles, en los
cap’tulos VI y VII del libro Lambda.
En los inicios de Lambda
VI, se establece con claridad los objetivos del cap’tulo: de que es forzoso que
exista, adem‡s de los dos tipos de substancias ÒnaturalesÓ, una clase de
substancia Òeterna inm—vilÓ. As’ como hay ÒdosÓ (δύο) de las primeras, hay "una" (μία) de la segunda. Aunque digamos que hay Òuna solaÓ (que
es el sentido m‡s propio de m’a) es
evidente que se le est‡ comparando con ÒdosÓ. Se trata, entonces, de un uso
colectivo de ous’a. Este
planteamiento b‡sico lo resume en tŽrminos precisos Guthrie al comentar a
Merlan:[6] ÔArist—teles,
dice, hab’a logrado el prop—sito fundamental, sostener la existencia del
tercero y m‡s elevado tipo de ous’a, la inm—vil y divina: el movimiento eterno
exige un motor eterno e inmutable; hay un movimiento eterno; luego existe una
clase Òmotor inm—vilÓ. Del mismo modo que las otras dos <ous’as>Õ. Ahora bien,
una vez establecida la existencia de este tercer tipo de substancia, cabe
perfectamente la posibilidad de que sean varias las substancias que se incluyen
en esta clase.[7]
As’ entonces, parece evidente que a continuaci—n
(1071b 19 ss.) Arist—teles quiere hacer presente en primer lugar la
existencia de una sola entidad, en cuanto que juzga necesario para la
permanencia de un movimiento c—smico unitario —que Žl considera
eterno— la existencia de un solo principio de tal calidad que, Ôsu
substancia sea actualidadÕ (ἐνέργεια).[8] Al referirse a esta substancia acto, Arist—teles ha
a–adido el sugestivo calificativo de ÒprincipioÓ (ἀρχή).[9] En la l’nea siguiente de este cap’tulo sexto (1071b
20), se introduce una afirmaci—n que deja de manifiesto que Arist—teles no ha
olvidado completamente que tambiŽn cabe referirse, de algœn modo, a otras
substancias inm—viles. Dice: Ôuna consecuencia adicional (ἔτι
τοίνυν):
es preciso que estas substancias sean sin materia; pues es preciso que ellas
sean eternas, si es que ha de haber tambiŽn alguna otra cosa eternaÓ. Si no
aceptamos la interpretaci—n anterior respecto de la existencia de una clase de substancia inm—vil, la
aparici—n de una frase como esta resulta casi incomprensible; y nos podemos en
ese caso unir a la sorpresa de Elders: ÔThese two lines which interrupt the
argument, state that because these beings are eternal, they are without
matterÕ; y luego a–ade: Ôthe plural τὰς
οὐσίας in
this context, where there has been no question of a plurality of movers and nothing in the argument
makes us expect that there are several, is strangeÓ.[10] No es poca cosa decir que este giro del Estagirita
es strange. Por otra parte, esta frase
(que no deber’a, como suele suceder, ir aparte de la anterior), es introducida
por un ἔτι
τοίνυν, que he
interpretado como: Òuna consecuencia adicionalÓ.[11] El tŽrmino τοίνυν
introduce una consecuencia que puede
traducirse como Òpor consiguienteÓ, y que, como en este caso, se–ala
un Òadem‡sÓ En cuanto a ἔτι, aqu’ precisamente refuerza este
œltimo sentido. De este modo, la frase penetra en el contexto con la idea de
hacer m‡s expl’cito un asunto —el de las Òotras substanciasÓ— que
es concomitante con el tema central del cap’tulo, acerca del ÒprincipioÓ
inm—vil.
Pero el cap’tulo VI nos da otra se–al adicional.
Luego de argumentar en favor de la primac’a del acto, y de desechar finalmente
como principio de las mociones c—smicas al Alma del Mundo de Plat—n, por ser
esta posterior al movimiento y contempor‡nea con el cielo, concluye que, si el
cambio se realiza en la forma de un ciclo constante, Ôdebe persistir siempre algo
actuando de la misma maneraÕ (1072a 9-10). Ese ÒalgoÓ (τι) por supuesto que no se dice de la substancia inm—vil
œnica, sino del primer cielo.[12] La transici—n hacia el tema actual se realiza
precisamente a la altura de la oraci—n que se refiere a las substancias
inm—viles (1071b 20 ss.), y que ha concluido con la elocuente
afirmaci—n: ἐνέργεια
ἄρα: ÔSon efectivamente
actoÕ. Luego, plantea de inmediato una dificultad (καίτοι
ἀ¹ορία, cuya soluci—n est‡ ahora precisamente
proponiendo. Esta oraci—n est‡ respondiendo justamente a esa frase Òextra–aÓ.
Mas la oraci—n continœa, y esta vez se–alando a la
generaci—n y la corrupci—n. Debe a su vez haber algo ÒotroÓ (ἄλλο) Ôactuando
siempre una vez en un sentido, y otras veces en otroÕ. Actœa, por una parte, per se, y por otra, en virtud de algo
distinto, es decir, del primer cielo, que aqu’ se le llama τὸ
¹ρῷτον. Es
conveniente recordar que el Alma del Mundo plat—nica hab’a sido rechazada
precisamente por la inhabilidad que muestra, segœn Arist—teles, para ser causa
de un movimiento eterno; y en vez de ello, si todo se mueve siempre
c’clicamente, la raz—n de la permanencia (ἀεὶ
μένειν), y
la causa (αἴτιον) de
la uniformidad constante del universo est‡ en los cielos, es decir, en el
movimiento permanente de la —rbita
celeste; la raz—n de su variaci—n est‡ en los circuitos planetarios, que
incluyen el recorrido del Sol y de la Luna; y ambos gŽneros de movimiento en su
conjunto son causa de la diversidad eterna del universo y su eterna
permanencia.
Siguiendo la secuencia de su pensamiento, Arist—teles
inicia su cap’tulo VII haciendo referencia a las posiciones adoptadas en el
cap’tulo anterior. El acto es anterior a la potencia; y existe algo que se
mueve siempre con movimiento incesante y circular: Ôde modo que el primer cielo
deber’a ser eternoÕ (Λ 7, 1072a 23). Hemos arribado aqu’
justamente al vŽrtice de encuentro con el motor inm—vil de la esfera celeste,
Dios. Para hablar de Dios en Arist—teles, es indispensable tener en constante
perspectiva el primer cielo y su actividad incesante. El motor inm—vil
—esencia eterna— del cielo, es Dios. Los motores inm—viles de los
planetas, se ver‡ pronto en el cap’tulo VIII, son las cincuenta y cinco
substancias en acto, que sin moverse, mueven a su vez las diferentes esferas
celestes en sus complicados giros planetarios. Son muchas m‡s que los planetas, porque
ellas hacen posibles (y explican) los complicados circuitos que recorren los
planetas segœn los vemos desde la Tierra. Se intenta ÒsalvarÓ esos fen—menos de
acuerdo con nuestra experiencia sensible desde la Tierra.
Pero antes de analizar a los planetas, permanezcamos
un poco m‡s cerca del cielo y su motor inm—vil. El cielo es, segœn parece
(puesto que el texto est‡ corrupto), un medio, ya que es movido y mueve a su
vez; y hay ÒalgoÓ (τι) que mueve al cielo, y
eso es ese ÒalgoÓ Ôeterno, que es tanto substancia como actualidadÕ (1072a
25-26). Solo el protos ouran—s, segœn parece, es directamente
movido por esta ous’a eterna. En un
contexto semejante, parece razonable que Arist—teles introduzca en su discurso
una menci—n a la causa final (τὸ οὗ
ἕνεκα
1072b 1), porque el
movimiento del primer cielo va a ser explicado precisamente por ella, en cuanto
una causa de este tipo significa el bien mismo deseado. Aqu’ tampoco se olvida
el Estagirita de mencionar que esta causa final de la que habla, es la que se
da Ôentre los <seres> inm—vilesÕ (1072b 1-2) —que
suponemos alude a la totalidad de la clase de las substancias de esa calidad. Esta ous’a, que es causa final, es descrita
del modo siguiente: Ôy mueve, entonces, como lo amado, y por lo movido (κινουμένῳ) mueve las restantesÕ (1072b 3-4).[13]
La substancia inm—vil eterna, que es acto, mueve al
primer cielo como lo hace el objeto del deseo; ahora bien, el deseo depende del
pensamiento, y el pensamiento es movido por su objeto; y la substancia primera,
que es simple y actual, es un objeto per
se de pensamiento. Cuando se dice, por otra parte, Ôy por lo movido mueve
al restoÕ, deseo sugerir que es la misma ous’a
inm—vil (que considero sujeto de esta cl‡usula) la que mueve κινεῖ al
ÒrestoÓ de las realidades celestes ÒporÓ o Òmediante lo movidoÓ (un tipo de
dativo instrumental)[14]; y esto
movido, es el primer cielo.[15] Se a–ade luego: ÔSi en consecuencia, de algœn modo es
movidoÕ (εἰ
μὲν οὖν τι
κινεῖται 1072b
4; o Ôsi hay algo que es movidoÕ), es decir, este cielo, que es lo movido por
el primer motor inm—vil, aquel cielo, entonces, Ôes susceptible tambiŽn de ser
de otro modoÕ; y, por tanto, podemos agregar, hay algo superior a Žl, m‡s en
acto, que es la substancia puramente actual. Ella es la Ôque mueve siendo
inm—vil, existiendo en acto, un ser que no es susceptible de ser de ningœn modo
de otra maneraÕ (1072b 7-8).
Se podr’a quiz‡s construir de aqu’ un tipo de argumento en favor de un cierto (ordenamiento jer‡rquico entre estas substancias inm—viles, desde el momento que parece posible poder establecerse un ordenamiento f’sico en cierto sentido descendente a partir del primer cielo. Dejo, sin embargo, la cuesti—n abierta, por considerar que demanda mayores l’neas de prueba y una considerable precauci—n).
El discurso de Arist—teles ha avanzado, as’,
tersamente, en busca de una clarificaci—n cada vez mayor de la primac’a de esta
substancia inm—vil; y se hace cada vez m‡s evidente, a mi juicio, que puesto
que esta bœsqueda se ha realizado mediante un an‡lisis del movimiento —un
movimiento que se supone eterno— la delimitaci—n de esta realidad en acto
se halla inextricablemente ligada a una verificaci—n sostenida de la calidad de
todos los movimientos, en especial los de las mociones celestes. Ha llegado
para Arist—teles el momento de dejar en claro a quŽ mueve propiamente este
primer motor. En otro paso erizado de dificultades de interpretaci—n, dice que
la traslaci—n (φορά)[16] es el primero de los cambios, es decir, de los
movimientos, y que la primera traslaci—n es la circular (ἡ
κύκλῳ). A–ade
luego: ταύτην
δὲ τοῦτο κινεῖ, es decir: Ôy este <primer motor> la mueveÕ.
Es decir, el primer motor mueve la phor‡
circular primera de los cambios, que
es el cielo. Esta afirmaci—n se ve confirmada por un pasaje de Lambda VIII 1073a 23 ss., en
que se dice que Ôel principio y el primero de los seres es inm—vil...e imprime
el movimiento primero, eterno y uno...Õ; luego (en 1073a 29-30) hace
una aseveraci—n clave cuando dice que, Ôaparte del movimiento de traslaci—n
simple del universoÕ, que es efectivamente el del primer cielo, y que es Ôel
que decimos que imprime la esencia primera e inm—vil, vemos que hay otros
movimientos de traslaci—n eternosÕ. Volviendo a nuestro texto de Λ 7,
podemos constatar que Arist—teles da los primeros pasos discursivos que habr‡n
de ser complementados en Λ 8.
Incluso la traslaci—n primera del cielo, por el hecho
de mover en cuanto es movida, puede ser de otro modo de como es y, por tanto,
evidencia una suerte de contingencia, total y absolutamente ausente del primer
motor, que no siendo susceptible de ser de otro modo en ningœn caso, posee las
caracter’sticas de un ser necesario. Ahora bien, se dice al presente que Ôde un
tal principio est‡n suspendidos el Cielo y la naturalezaÕ (1072b
13-14).[17] La met‡fora de la Òsuspensi—nÓ viene bien con la
calidad de causa final del primer motor inm—vil, y podr’a aludir quiz‡ a la
figura del im‡n, del que cuelgan (la misma forma ἔρτηται es
usada) como una larga cadena trozos de hierro y anillos, segœn la imagen
descrita por Plat—n en el Ion (533d-e); quien a–ade: Ôest‡ colgando (ἀνήρτεται)
en todos ellos la fuerza que proviene de aquella piedraÕ.
Aquello desde lo que el mundo est‡ suspendido, dice
Arist—teles, es un principio (ἀρχή) por lo que, segœn los desarrollos anteriores, es tambiŽn un ser de por
s’, cualidad que en este contexto armoniza perfectamente con la idea de una ous’a inm—vil. Ella es punto de convergencia supremo
de la actividad toda de un mundo que, incluso en su m‡s alta expresi—n celeste,
puede ser de otro modo de lo que es, al menos en lo que respecta a su
movimiento. Me refiero al cielo primero. Solo el principio primero es necesario
en el sentido superior, por lo que Žl solo es la realidad explicativa œltima
del universo y su movimiento. Es un Dios que es culminaci—n del mundo f’sico.
Digo culminaci—n en el esp’ritu de la concepci—n de causa final con que
Arist—teles acredita al primer motor inm—vil. Me parece atractivo, asimismo,
considerar la met‡fora de la Òsuspensi—nÓ en esa misma l’nea de relaci—n
finalista. El discurso natural ha dejado as’ al descubierto el objeto superior
de donde pende: Ôque existe, en consecuencia, una cierta substancia eterna e
inm—vil y separada de las cosas sensibles, es manifiesto a partir de lo que
hemos estado diciendoÕ (1073a 3-5).
Antes de entrar en un an‡lisis del cap’tulo VIII,
conviene dejar clarificado un aspecto relacionado con las substancias
inm—viles. Se trata de una distinci—n fundamental para la comprensi—n del
sentido de este estudio. Las 55 substancias inm—viles de Lambda VIII son todas planetarias; y la substancia que realiza el
acto equivalente para el primer cielo es, precisamente, Dios, el principio substancial
primero. Los planetas mismos, como los astros del cielo, son divinos y a su vez
substancias, pero, como es obvio, no son inm—viles, y est‡n incluidos en el
segundo tipo de substancia, a saber, la substancia sensible eterna. Hay, pues,
(1) un ¹ρῶτον
κινοῦν =
Dios, motor del primer movimiento eterno y œnico, esto es, del cielo llamado
ÒprimeroÓ. Hay, luego, (2) un primer movimiento eterno y œnico (que corresponde
al primum mobile), el del Òprimer
cieloÓ, que es la traslaci—n del universo = φορὰ τοῦ
¹αντός. Todo
planeta, adem‡s, tiene su propia Òtraslaci—nÓ o Òmovimiento de traslaci—nÓ, o
Òmoci—nÓ (φορά) que se–ala el movimiento de algo que es
puesto en marcha. Pero adem‡s de las foraiv de cada astro (incluidos los planetas), cada planeta
cuenta con sus propias ÒesferasÓ (sfaivra),
entidades globulares de cierta consistencia material, que transportan y gu’an
circularmente el paso de los planetas por la ecl’ptica, y no solo los
conducen en sus movimientos aparentemente irregulares, sino que
tambiŽn los explican, salvando sus
fen—menos. Por eso cada planeta tiene varias esferas, cuantas son necesarias
segœn los datos que nos proporciona la astronom’a.[18] De acuerdo con Arist—teles, Saturno, por ejemplo,
tiene 7, Mercurio 9, y el Sol 9. En total suman 55 esferas planetarias (o 47,
segœn una reducci—n indicada en los textos). As’ como la traslaci—n primera (no
hay all’ propiamente esfera) cuenta con un motor inm—vil que es Dios, as’ las
esferas de los planetas (que gu’an sus traslaciones), cuentan con sus propias ous’ai eternas inm—viles y no visibles, que
mueven estas esferas. De ese modo, los planetas son movidos por esferas que, en
correspondencia con el cielo primero, son movidas por substancias inm—viles que
hacen de causas finales de sus esferas y planetas.[19] Estas substancias inm—viles son las inteligencias planetarias.
Siendo esta la situaci—n, deseo sugerir que aquellos
pasajes de Lambda VI y VII que
mencionan o analizan lo referente al primer cielo, que indican la calidad de
las mociones celestes, y que plantean la necesidad de un Dios como explicaci—n
œltima de un universo rotante, son los que a su vez proporcionan datos
discernibles acerca de las substancias eternas inm—viles. Sin estos an‡lisis
previos de Arist—teles en los cap’tulos VI y VII, que proporcionan las bases
te—ricas y preparatorias a sus planteamientos posteriores en Lambda VIII, las propuestas de este œltimo
cap’tulo podr’an parecer, esta vez s’, pr‡cticamente incomprensibles. Pero la proposici—n
de Arist—teles, segœn mi opini—n, es perfectamente comprensible y coherente,
aunque por supuesto, muy improbable como explicaci—n del movimiento del mundo.
Ahora bien, la propuesta te—rica principal de
Arist—teles en el cap’tulo VIII, basada, segœn dice, en los supuestos y
distinciones que han sido presentados anteriormente, es la siguiente:
Ôel principio y el primero de los entes
es inm—vil tanto esencial como accidentalmente, e imprime el movimiento
primero, eterno y uno; y puesto que es preciso que lo movido sea movido por
algo, y que el primer motor sea esencialmente inm—vil, y que el movimiento
eterno sea movido por algo eterno, y el que es uno lo sea por uno solo; y que
vemos, adem‡s, que aparte de la traslaci—n simple del universo, a la que,
decimos nosotros, mueve la substancia primera e inm—vil, hay otras traslaciones
eternas, las de los planetas (pues un cuerpo que se mueve circularmente es
eterno e incapaz de reposo; esto ya qued— explicado en la F’sica): es preciso tambiŽn que cada una de estas traslaciones sean
movidas por una substancia a la vez esencialmente inm—vil y eterna. Y puesto
que la naturaleza de los astros es un tipo de substancia eterna, el motor es no
solo eterno y anterior a lo movido, sino que es preciso tambiŽn que lo anterior
a una substancia sea substancia. Es claro, por consiguiente, que es forzoso que
haya otras tantas substancias eternas por naturaleza e inm—viles esencialmente,
y sin magnitud, por la causa referida precedentementeÕ (Λ VIII 1073a
23-1073b 1).
Ahora bien, siendo esta la propuesta, a Arist—teles
le es evidente que, conforme a los datos de la ciencia de la Žpoca, los
movimientos de traslaci—n son m‡s numerosos que los cuerpos movidos; ya que es
un dato observable que cada planeta tiene m‡s de un movimiento de traslaci—n.
Suponemos que se est‡ refiriendo a las variaciones que muestran las apariencias
en los movimientos planetarios. Como todos los movimientos de los planetas son
circulares, lo que sucede es que ellos cambian de esferas orbiculares en su
paso por el cielo. Vistos desde la tierra parecen perder su rumbo, pero la
verdad es que nunca dejan de moverse en c’rculos. As’ se pensaba. Porque, se
confiaba que, mediante la combinaci—n de las esferas en su conjunto, se estar’a
en condiciones de Ôdar cuenta de los fen—menos observadosÕ; es decir: de poder
ÒexplicarlosÓ: τὰ φαινόμενα
ἀ¹οδώσειν (1074a 1).
El razonamiento del Fil—sofo es claro, en
consecuencia. Segœn sus planteamientos de los cap’tulos VI-VII, el an‡lisis del
movimiento eterno del cosmos conduce a la comprobaci—n de la existencia de una
clase de substancia inm—vil. Ahora bien, los movimientos celestes y planetarios
se realizan dentro de una regularidad c’clica, que en el caso de los planetas
alcanza una complejidad que debe ser aclarada por la ciencia astron—mica. La
astronom’a nos dir‡ cu‡l es el nœmero de los movimientos celestes; y as’
podremos establecer cu‡l es el nœmero de las substancias inm—viles (cf. 1074a
20-22). En este caso el dato astron—mico es esencial, tanto para el inicio de
la tem‡tica f’sica como para su final explicaci—n cient’fica; pero es la
proposici—n filos—fica —en este caso la teor’a de la substancia eterna
inm—vil— la que produce un giro radical en el significado y alcance final
de la propuesta explicativa. Los cap’tulos VI, VII y VIII intentan abarcar la
totalidad de la estructura del fen—meno c—smico; y su discurso es de corte
fundamentalmente teol—gico. Desde esta perspectiva, el primer motor inm—vil,
Dios, surge claramente como la teor’a fundamental de la filosof’a especulativa llamada
teol—gica,[20] en su conexi—n con otra rama especulativa, la
f’sica, tal como esta era entendida por nuestro fil—sofo;[21] y precisamente porque se establece en relaci—n con
la especulaci—n f’sica, es que la Metaf’sica analiza la inextricable conexi—n l—gica
que une al principio, Òesencia primeraÓ de todo (τὸ τί
ἦν εἶναι... τὸ ¹ρῶτον, Λ VIII 1074a
35-36) con el resto de estos seres substanciales. Entendido que esto es as’
—y que existe una continuidad razonable entre todos estos
cap’tulos—, luego de la aparente desarticulaci—n de la unidad intr’nseca
del universo mediante sus motores inm—viles, Arist—teles restablece una vez m‡s
el principio, para Žl no contradictorio, de la existencia de un solo movimiento
Òeterno y continuoÓ (ἀεὶ καὶ
συνεχῆς) porque Ôun
cielo œnico es efectivamente uno soloÕ.[22] Y as’, la entelŽkheia,
que es la esencia primera sin materia, es una, como lo ha dicho l’neas m‡s
arriba, Ôformal y numŽricamente, por ser el primer motor inm—vilÕ (VIII 1074a
36-37). Los restantes motores inm—viles ocupan tambiŽn su lugar propio en el
panorama celeste, y parecen subsistir en una relaci—n mediata con el primero,
si se les considera del punto de vista de la unidad f’sica del universo. No
est‡ aœn claro, segœn creo, cu‡l es la relaci—n profunda que puede existir
entre movimiento y entidad; es decir, hasta quŽ punto dar o sustentar el
movimiento de algo es darle a su vez una cierta consistencia entitativa. Hay,
con todo, segœn creo, una coherencia tem‡tica evidente en el discurso de
Arist—teles. Se deja sentir, sin embargo, aparte del problema del movimiento y
la entidad, la ausencia de ciertos eslabones argumentativos que establezcan con
mayor precisi—n, al interior de la clase de substancia eterna inm—vil, las
conexiones profundas entre estas substancias (puesto que se afirma que son
varias), y el posible ordenamiento —probablemente dado en cierta medida
por supuesto— de los motores inm—viles entre s’, y en su relaci—n con el
primero.
Arist—teles,
Mendoza 1997
Editor HŽctor Jorge Padr—n
Primeras jornadas aristotŽlicas argentinas
Universidad Nacional de Cuyo
Mendoza abril
1996
[1] Cf. L.
Elders, Aristotle's Theology, A
Commentary on Book L of the Metaphysics, Assen 1972, p. 62:
ÔAfter having discused the existence and nature in general of the Unmoved Mover
one may ask the question of its uniqueness or plurality. The metaphysics
of L 7 however appear to exclude
such a pluralityÕ.
[2] F.
Grayeff, Aristotle and his School, London 1974, pp. 166-67.
[3] Como es
el caso de J. Tricot (Aristote, La
MŽtaphysique II, Paris 1986 —nouvelle Ždition enti�rement refondue,
avec commentaire, p. 686, n. 2) por ejemplo, en que, a pesar de confirmar su
autenticidad, reconoce que esta posici—n de Arist—teles Ôs'accorde assez mal
avec ses prŽcedentes conclusions et soul�ve beaucoup de difficultŽsÕ. Otros,
como Bonitz, en su Comentario, no aluden a contradicciones; o como Ross, con
una discusi—n muy ecu‡nime del asunto (W.D. Ross, Aristotle's Metaphysics, vol I, London 1970 —ed. corregida
1953— pp. CXXXV-CXLI.
Son de positivo
interŽs y complementarios para este trabajo los estudios de Philip Merlan,
quien concluye que Arist—teles ense–a, para el caso que aqu’ se discute, una
doctrina coherente. Hay una descripci—n excelente, concisa, y simpatŽtica de
sus opiniones en W. K. C. Guthrie, Historia
de la Filosof’a Griega, vol. VI, trad. castellana, Madrid 1993 (1981) pp.
283-88. G. Reale en la introducci—n y notas de su traducci—n comentada del
libro XII de la Metaf’sica (Aristotele Il Motore immobile, Brescia 1978 -1963-) presenta en
forma precisa y clara su opini—n favorable a la consistencia del discurso
aristotŽlico.
[4] ÔMientras
que la doctrina del libro L pertenece, sin controversia posible, (dec’a W.
Jaeger, Arist—teles, trad.
castellana, J. Gaos, MŽxico 1992 -1946- p. 394), a la concepci—n m‡s antigua de
la metaf’sica, ojos penetrantes se hab’an cerciorado igualmente, ya desde los
d’as de la antigŸedad, de que el cap’tulo 8 no es un miembro org‡nico de lo que
le rodea, sino un cuerpo extra–oÕ. Una presentaci—n amplia de diversas
posiciones aparece en L. Elders, Aristotle's
Theology, Assen 1972, pp. 57-68.
[5] Un
esfuerzo que juzgo valioso y atractivo en favor de la consistencia aristotŽlica
en esta campo —junto a los aspectos sin resolver acerca del asunto—
en G. Reale, Il Motore immobile, Brescia
1978 (1963); y, Il Concetto di filosofia
prima e l'unitˆ della metafisica di Aristotele, Milano (1984).
[6] W. K. C
Guthrie, Historia de la Filosof’a Griega,
vol VI, trad. castellana, p. 264. Las referencias a los textos de Philip
Merlan en relaci—n con este tema se pueden encontrar asimismo en Guthrie, op. cit.,
especialmente pp. 283-84; 428.
[7] En cuando
al conjunto de este cap’tulo 8, J. Tricot declara que: ÔLÕauthenticitŽ de ce
chapitre nÕest cependent douteuse. Mais il faut reconna”tre que lÕincursion
dÕAristote dans la domaine cosmologique sÕaccorde assez mal avec ses prŽcŽdents
conclusions et soul�ve beaucoup des difficultŽesÕ, Aristote La MŽtaphysique, vol. II p. 686, n. 2.
[8] Metaphys. 1071b 19-20.
[9] Metaphys. 1071b 20.
[10] L.
Elders, Aristotle's Theology, p. 145.
[11] Cf. J.
Tricot, La MŽtaphysique II, p. 667:
ÔAutre consŽquence: ...Õ.
[12] Se
plantea esta misma posici—n en Tricot (II, 660 n. 4), Bonitz (493), Ross (II
371). Elders, en cambio, piensa que parece se–alar al primer motor (156-57).
Como primera objeci—n, plantea que Ôthe verb μένειν
ὡσαύτως is not well-chosen to signify the
ever revolving sphere of the starsÕ (ibid.). Se podr’a responder a ello que la
expresi—n mŽnein hosaœtos (Òpersiste,
permanece <actuando> del mismo modoÓ) apunta a ¹εριόδῳ
(1072a 8 y 10), es decir, a la permanencia del movimiento c’clico.
[13] Sigo el
texto griego de Jaeger, Aristotelis
Metaphysica, Oxford 1963 (1957), que lee, κινουμένῳ conforme
a los manuscritos principales. El mismo Jaeger en el aparato cr’tico de su
edici—n, glosa: Ô(scil. τῷ οὐρανῷ)Õ. La
expresi—n parece un poco tosca, de ah’ la correcci—n de Ross, que se ve que es innecesaria,
de acuerdo con mi an‡lisis: pone κινούμενα en vez
del correcto κινουμένῳ. Sospecho
que Òlas otrasÓ son las restantes substancias inm—viles.
[14] El dativo
instrumental (sin el uso de preposiciones) puede expresar en griego el medio e
instrumento, o bien la causa eficiente por la que se produce un efecto. Como un
dato m‡s bien curioso, deseo se–alar el hecho que Ôcomo en lat’n, las palabras
que significan cierta cantidad de tropas se consideran como un medio militar
empleado por el generalÕ (J. Curtius, Gram‡tica
Griega, Buenos Aires 1951, ¤
438 n. 2). Es el empleo de un comitativo sin preposici—n Ôpara designar las tropas (u otros medios militares) con
las que opera el jefe de guerraÕ (J.
Humbert, Sintaxe Grecque, Paris 1954,
¤ 484). Me refiero a este caso debido a que luego, al final del libro, en Lambda 1075b 37 ss, Arist—teles comenta
que los seres Ôno quieren ser mal gobernadosÕ, pues uno solo debe ser el
soberano o comandante.
[15] Leo,
entonces: κινουμένῳ δὲ
τἆλλα κινεῖ.
[16] Metaphys. 1072b 8. La phor‡ en una Òmoci—nÓ, es el movimiento
de lo que es puesto en marcha, y se–ala un movimiento
de traslaci—n.
[17] ÒThe verb
ἔρτηται
conveys the idea of some sort of causal dependence in being and in
operationÓ (L. Elders. op. cit. p. 179). En cuanto a physis, segœn el mismo autor (p. 180),
parece significar la totalidad de las cosas en este mundo, en cuanto que ellas
est‡n sujetas a cambio. Elders a–ade: ÒArist—teles no dice si el cielo y el
resto del cosmos dependen ambos del mismo modo del primer principio. En vista
de 1072a 24 y 1072b 4-5, parecer’a que la dependencia del
mundo sublunar es indirecta, a saber, a travŽs de la intermediaci—n de los
cielosÓ.
[18] G. Reale
(Il Motore immovile, p. 54 n. 142)
comenta: ÔQuale scienza studia il moto degli astri? L'astronomia. L'astronomia,
dunque, ci dovrˆ dire quanti moti o sfere celesti ci sono, e, in base a quanto
� stato stabilito, si concluderˆ che le
sostanze di cui ragioniamo sono tante di numero quante quei movimentiÕ.
[19] J. Owens
(ÒThe Relation of God to World in the MetaphysicsÓ,
en ƒtudes sur la MŽtaphysique d'Aristote,
publicadas por P. Aubenque, Paris 1979, pp. 207-222), considera que, Dios
es tanto causa final como eficiente del movimiento del mundo. Mientras que, lo
que Žl llama Ôthe separate substancesÕ (supongo refiriŽndose a las substancias
inm—viles) son causas œltimas finales del movimiento mundano: Ôbut final causes
only. They are not efficient causesÕ. Los cuerpos celestes (en cuanto se los
distingue de sus motores inm—viles), solo aparecen, segœn afirma Owens, como
causas eficientes de todo el movimiento sublunar, y como causas finales
secundarias del movimiento c—smico.
L. P. Gerson, en God and Greek
Philosophy, London 1990 (ver especialmente pp. 131-134) por su parte, no
hallando pruebas de una causalidad
eficiente de Dios en nuestra obra, arguye en contra, y busca identificar la
pluralidad de los motores inm—viles con las causas eficientes que son movidas
accidentalmente por las esferas adyacentes. Gerson tiene raz—n al afirmar que
Arist—teles no menciona el calificativo de ÒseparadasÓ al referirse a las
substancias inm—viles. Parece posible, con todo, construir un argumento en
favor de la separaci—n a partir de Metaphys. E, 1, 1026a 16 (en
que se afirma que la ciencia primera versa tanto sobre seres separados como
inm—viles: ἡ δὲ
¹ρώτη καὶ ¹ερὶ
χωριτὰ καὶ
ἀκίνητα). As’ lo presenta P. Aubenque, en
Le probl�me de l'�tre chez Aristote,
Paris 1966 (1962), p. 368: ÔA c™tŽ de la physique et de la mathŽmatique, dont
les domaines sont exactement dŽlimitŽs, la thŽologie porte sur ce gendre
particulier dÕ�tres que sont les �tres sŽparŽs et immobilesÕ (se cita E, 1,
1026a 13); pocas l’neas m‡s abajo, sin embargo, en referencia a Lambda,
se refiere solo a Òdes �tres immobilesÓ.
[20] E 1, 1026a
8 ss.
[21] Cf. Metaphys. E 1, 1026a: ¹ερὶ
κινητῶν γάρ
τίνων ἡ φυσική (si bien
la frase es excluida por Jaeger, por razones que no me parecen convincentes).
[22] Metaphys. 1074a 39: εἶς ἄρα
οὐρανὸς μόνος.