ARISTîTELES
DESARROLLO Y ESTRUCTURA DE SU
PENSAMIENTO[1]
G.E.R. Lloyd
Traducci—n de Oscar Vel‡squez
CAPITULO I
VIDA Y OBRAS
Arist—teles naci— el 384 a. C. en Estagira, una peque–a ciudad de Calcidia en el norte de Grecia. Su padre Nic—maco fue mŽdico de la corte de Amintas, rey de Macedonia. El lector moderno podr’a sorprenderse que fue una ciudad estado de otra manera bastante desconocida y no Atenas, o uno de los otros mayores centros culturales de Grecia, la que engendr— a Arist—teles. Pero muchos y brillantes fil—sofos griegos y cient’ficos provinieron de ciudades que fueron de secundaria importancia econ—mica. El atomista Dem—crito, por ejemplo, ven’a de Abdera, otra peque–a ciudad del norte de Grecia, no lejos de Estagira. Aunque Arist—teles pas— casi la mitad de su vida activa en Atenas, nunca lleg— a ser un ciudadano ateniense, y sus conexiones con Macedonia habr’an de transformarse en una dificultad para Žl, y ciertamente despuŽs de la muerte de Alejandro Magno, en un peligro para su vida.
El hecho de que el padre de Arist—teles fuera un mŽdico no deja de tener importancia, pues da a entender que Arist—teles fue introducido a la medicina griega y a la biolog’a a una edad temprana. Aunque no tenemos informaci—n con respecto al tipo de medicina que Nic—maco practic— o profes— por s’ mismo, dos de los m‡s famosos as’ llamados tratados hipocr‡ticos demuestran que, al menos un representante notable de la medicina griega cient’fica trabajaba en el norte de Grecia al final del siglo V a. C. Son los libros primero y tercero de la Epidemias, que contienen historias de casos recogidos de lugares como Tasos y Abdera.
La Academia
En el 367, a la edad de diecisiete a–os, Arist—teles fue enviado a la Academia, donde por veinte a–os fue pupilo de Plat—n. Esta primera estad’a en Atenas es el primero de los tres principales per’odos en que se podr’a dividir el desarrollo intelectual de Arist—teles. La cuesti—n de su actitud respecto a la ense–anza de su maestro, da lugar a problemas de mayor envergadura que discutirŽ a su debido tiempo, pero es seguro que Plat—n fue, con mucho, la influencia formativa m‡s importante en pensamiento de Arist—teles. A pesar de las diferencias de intereses, mŽtodos y doctrinas, de S—crates, Plat—n y Arist—teles, estos, los tres m‡s grandes fil—sofos griegos, forman, como Renford Bambrough lo expresa finamente, una compacta dinast’a intelectual.
Plat—n muri— el a–o 347 y surgi— la cuesti—n de quiŽn lo suceder’a como jefe de la Academia. Hab’a tres candidatos posibles: Arist—teles, Jen—crates, y el sobrino de Plat—n, Espeusipo. No sabemos con certeza quŽ factores influyeron en el resultado, ni siquiera si la decisi—n fue del mismo Plat—n o fue tomada por los miembros de la Academia, pero los hechos en s’ mismos son claros. Fue escogido Espeusipo, y tanto Arist—teles como Jen—crates dejaron Atenas. Ciertos estudiosos han supuesto que la raz—n principal de la no aceptaci—n de Arist—teles fue su heterodoxia doctrinal. Pero ello no fue evidentemente una causa suficiente para ser dejado de lado, puesto que Espeusipo tambiŽn rechaz— la teor’a de las Ideas en su forma original plat—nica. Si el criterio hubiera sido la fidelidad a la ense–anza del maestro, se hubiera esperado que Jen—crates hubiese sido elegido jefe, pues fue el m‡s conservador de los tres principales pupilos de Plat—n. Una de las razones m‡s importantes de por quŽ la sucesi—n pas— a Espeusipo pudo haber sido simplemente preservar la propiedad de Plat—n en la familia, y pudo haber habido dificultades legales en traspasar la propiedad de un ciudadano ateniense a uno que no lo fuera, como Arist—teles, aunque estos problemas fueron pasados por alto cuando Jen—crates, otro no- ciudadano, sucedi— eventualmente a Espeusipo para ser el tercer jefe de la Academia.
Cuando Espeusipo fue elegido, las relaciones de Arist—teles con Žl se pusieron tan tensas -como se ha generalmente tenido por cierto- que decidi— dejar Atenas. Aqu’ tambiŽn, sin embargo, carecemos de pruebas acerca de sus motivos. Hay pocos testimonios de primera mano confiables acerca de cualquier hostilidad entre los dos hombres, y no podemos descartar la posibilidad de que Arist—teles actu—, en parte al menos, por razones desconectadas con sus relaciones con miembros de la Academia. Se ha sugerido, por ejemplo, que su partida estar’a en conexi—n con la situaci—n pol’tica del momento, pues hubo un estallido de sentimientos antimacedonios en Atenas despuŽs que Filipo hubo saqueado Olinto en el 348.[2] Sin embargo, la continuada ausencia de Arist—teles de Atenas, es prueba suficiente de que sus conexiones con la Academia significaron mucho menos para Žl, despuŽs de la muerte de Plat—n, que el c’rculo de amigos que lo acompa–aron en sus viajes, el principal de los cuales fue su pupilo, colega, y con el tiempo sucesor como jefe del Liceo, Teofrasto de Ereso.
Viajes
Cuando Arist—teles dej— Atenas, fue primeramente a Asos, en Asia Menor, a invitaci—n de Hermias, el gobernante de Atarneo, que en previas ocasiones hab’a cultivado la amistad de otros dos pupilos de Plat—n, Erasto y Corisco. Aqu’ comienza el segundo per’odo importante de la actividad filos—fica de Arist—teles, el as’ llamado per’odo de los viajes, que Žl pas— en varios centros de Asia Menor y Macedonia, y que fue, como veremos despuŽs, especialmente importante para el desarrollo de sus intereses en ciencias naturales. Permaneci— en excelentes tŽrminos con Hermias, y con el tiempo se cas— con Pitias, que es descrita ya sea como sobrina de Hermias, su hija adoptiva o su hermana. Pero despuŽs de tres a–os en Asos se traslad— a Lesbos, y luego, dos a–os despuŽs, el 342, acept— la invitaci—n de Filipo de Macedonia para ser el tutor de Alejandro, cuya edad era de catorce a–os.
La idea del m‡s grande fil—sofo del momento instruyendo al ni–o que hab’a de llegar a ser el general m‡s grande que los griegos jam‡s produjeron, es algo que bien puede encender la imaginaci—n. Aœn as’, la influencia que Arist—teles tuvo sobre Alejandro, ya como su tutor o posteriormente, fue escasa. Durante su segundo per’odo en Atenas, Arist—teles goz— de considerable apoyo macedonio, y eso bien podr’a haber incluido no s—lo respaldo pol’tico, sino tambiŽn asistencia en, por ejemplo, la organizaci—n de sus investigaciones biol—gicas. Es, sin embargo, dif’cil de creer la especie que se corre algunas veces, que Alejandro recolect— y despach— para Arist—teles desde Persia e India espec’menes de raros animales. El sobrino de Arist—teles, Cal’stenes, ciertamente acompa–— a Alejandro a Persia en el rol de historiador, pero fue condenado a muerte bajo la acusaci—n de traici—n el 327, y esto debe haber agriado las relaciones entre Arist—teles y su ex pupilo. En las raras ocasiones en que Arist—teles menciona autoridades por nombre en sus tratados biol—gicos, se refiere comœnmente a una generaci—n m‡s temprana de viajeros hacia el oriente, y especialmente a Ctesias, el mŽdico griego que atend’a a Artajerjes. Y si espec’menes eran enviados desde India a Atenas, se puede suponer que los sucesores de Arist—teles en el Liceo se beneficiaron de esto m‡s que el mismo Arist—teles, pues muri— dentro de los seis a–os de la primera penetraci—n de Alejandro en el valle del Indo. Pero en materia de ideolog’a pol’tica un abismo separaba a los dos hombres. Arist—teles no parece darse cuenta de los fundamentales cambios que las conquistas de Alejandro estaban produciendo en el mundo griego, y Žl habr’a sin duda considerado cualquiera evoluci—n pol’tica que llevara a una decadencia en la importancia de la ciudad estado, como un cambio para lo peor. Si sab’a de la pol’tica de Alejandro de forjar v’nculos entre los pueblos griegos y no griegos de su imperio, ciertamente lo habr’a lamentado y se habr’a opuesto a ella.
El retorno a Atenas
Arist—teles permaneci— en Macedonia hasta el 335, a–o en que Alejandro sucedi— a Filipo. Ese a–o volvi— a Atenas, pero no a la Academia, donde Jen—crates hab’a sucedido ahora a Espeusipo como jefe, sino a ense–ar por su propia cuenta en el Liceo. El Liceo en cuanto tal era un bosquecillo, justo en las afueras de Atenas, frecuentado por otros profesores -Plat—n lo menciona como una de las guaridas de S—crates- pero el nombre lleg— a aplicarse a la escuela de Arist—teles en particular. Fue probablemente s—lo despuŽs de la muerte de Arist—teles, bajo Teofrasto, que la escuela adquiri— una extensa propiedad y tuvo, como la Academia, la condici—n legal de un qivasoõ o asociaci—n religiosa. Pero todo lo informal sin embargo que la escuela pudo haber sido bajo Arist—teles, fue de m‡xima importancia para Žl, pues le permiti— coordinar el trabajo de un nœmero de fil—sofos y cient’ficos, e iniciar un ambicioso programa de investigaci—n sin precedentes en muy variados campos de indagaci—n. Desde el 335 al 323, es el tercer y final per’odo importante de su actividad filos—fica, reconocido como el per’odo del Liceo o el segundo per’odo ateniense. Pero cuando en el 323 noticias de la muerte de Alejandro llegaron a Atenas, se produjo una inmediata revoluci—n antimaced—nica y se invent— contra Arist—teles un cargo de impiedad. No aguardando el momento del juicio, se retir— a Calcis, en Eubea, Òpara salvar a los ateniensesÓ, como nuestros informes consignan, Òde pecar dos veces contra la filosof’aÓ. All’ muri— al a–o siguiente a la edad de sesenta y dos.
Tenemos poca informaci—n fidedigna con que intentar reconstru’r quŽ tipo de hombre fue Arist—teles, pero un valioso documento ha sido preservado por Di—genes Laercio, su testamento. Cuando su esposa, Pitias, que le di— una hija, muri—, Arist—teles vivi— con una mujer llamada Herpilis, y fue Herpilis quien, de acuerdo a nuestras fuentes de informaci—n, le di— un hijo, Nic—maco. En su testamento encontramos a Arist—teles haciendo provisiones para su familia y su casa, para Herpilis misma, de quien Žl habla con gratitud y afecto, por sus dos hijos y por sus esclavos, a varios de los cuales promete libertad ya sea inmediatamente, ya a su muerte, o al casamiento de su hija. Y ordena que sus huesos sean colocados con los de Pitias, de acuerdo con las instrucciones de Pitias. El testamento muestra un Arist—teles responsable, adinerado, bondadoso y liberal, de acuerdo a los est‡ndares de la Žpoca. Nuestras otras fuentes agregan poco a este cuadro, pero proveen de bocadillos de informaci—n tales como que ceceaba y vest’a elegantemente.
Escritos
Los escritos de Arist—teles caen dentro de dos grupos principales, los tratados, que forman con mucho la m‡s grande proporci—n de sus obras aœn en existencia, y a las obras literarias o ÔexotŽricasÕ, que han sobrevivido s—lo en la forma de ÔfragmentosÕ, esto es, citaciones preservadas por otros autores. Arist—teles mismo se refiere en varias ocasiones en sus tratados a la distinci—n entre esos dos tipos de obras. En la Etica Nicom‡quea (1102a 18-28), por ejemplo, habiendo hecho hincapiŽ en que el estudioso de la sociedad humana necesita estudiar el alma, dice que hay una cuenta adecuada sobre este asunto en sus obras 'exotŽricas'. En este caso, Žl se refiere principalmente al di‡logo conocido como el Eudemo o Sobre el alma.
La importancia de esta distinci—n entre los dos m‡s importantes tipos de escritos, ha sido interpretada de diversos modos. Una consideraci—n ya corriente en la antigŸedad fue que los tratados expresan doctrinas verdaderas de Arist—teles cuidadosamente guardadas, mientras que las obras literarias contienen falsedades para consumo general. Pero esto no guarda relaci—n con el propio uso de Arist—teles de su discusi—n ÔexotŽricaÕ del alma en el pasaje de la Etica Nicom‡quea que se acaba de mencionar. All’ la distinci—n no es entre una verdadera y una falsa doctrina del alma, sino m‡s bien entre un tratamiento especializado y otro no especializado del tema. "El estudioso de la sociedad", dice Arist—teles, Òdebe estudiar el alma, pero hacerlo con su propio tema en vista, y s—lo hasta donde su propia investigaci—n lo exige. Porque el esforzarse por una mayor exactitud es m‡s laborioso, tal vez, que lo que es necesario para nuestro prop—sito presente".
Las Obras Literarias
En la mayor’a de los casos, las obras ÔexotŽricasÕ difieren de los tratados principalmente por ser composiciones no tŽcnicas escritas para una divulgaci—n amplia. La fuerza de la palabra ÔexotŽricoÕ en s’ misma pudo estar en que eran obras m‡s f‡cilmente obtenibles para el pœblico general fuera de los inmediatos c’rculos de los pupilos de Arist—teles. Muchas de esas obras literarias eran di‡logos, algunos de ellos modelados en los di‡logos de Plat—n, y su estilo fue grandemente alabado en la antigŸedad. Cuando Cicer—n, Quintiliano y otros cr’ticos literarios antiguos hablan del Ôefluvio de oroÕ de la oratoria de Arist—teles, o de la ÔgraciaÕ o ÔsuavidadÕ de su elocuencia, sin duda tuvieron en mente a los di‡logos, en primer lugar: tales tŽrminos son ciertamente inapropiados para los tratados. Pero la importancia para nosotros de estas obras literarias se basa no en su cualidades estŽticas, sino en la interior comprensi—n que nos procuran del desarrollo intelectual de Arist—teles. Aqu’, sin embargo, entramos en un terreno dif’cil.
Algunas de las obras literarias parecen haber sido escritas en la juventud de Arist—teles, mientras estuvo todav’a muy grandemente bajo la influencia de Plat—n. Pero los problemas envueltos en el uso de estas obras, como evidencia para la visi—n filos—fica que Arist—teles sostuvo siendo un hombre joven, son considerables. Para comenzar, debemos establecer quŽ escribi—. En algunos casos tenemos lo que parecen ser citaciones razonablemente exactas, pero a menudo nuestra fuente no es una obra que cita expl’citamente a Arist—teles, sino m‡s bien que ha sido escrita en imitaci—n de Žl. Al enfrentar un tema ordinario, los autores antiguos frecuentemente tomaron modelos de literatura m‡s temprana, y los siguieron de un modo que nosotros mirar’amos como puro y simple plagio. Pero aun cuando la mayor’a de los estudiosos aceptan que el ProtrŽptico de Y‡mblico, por ejemplo, es en gran medida derivado de la perdida obra de Arist—teles del mismo nombre, hay aœn mucho espacio para desacuerdos acerca de si, cualquier pasaje dado en Y‡mblico se corresponde con uno en su original aristotŽlico.
Nuestra segunda dificultad concierne al contexto de los fragmentos que han sido preservados. Con esas de entre las perdidas obras literarias que son conocidas de haber sido di‡logos, nos vemos enfrentados con la embarazosa, en muchos casos incontestable pregunta de quiŽn pudo haber sido el portavoz que expone un cierto particular punto de vista. ÀRepresenta la cita las propias ideas de Arist—teles, o pareceres que fueron adelantadas en un punto en el di‡logo s—lo para ser puestas en duda y refutadas en un estadio posterior de la obra? Los peligros de una interpretaci—n incorrecta son obvios si se reflexiona cu‡n dif’cil ser’a obtener un cuadro exacto del pensamiento de Plat—n en el Fed—n o la Repœblica, si esas obras hubiesen sobrevivido s—lo en fragmentos.
En tercer lugar, el problema mayor que enfrenta cualquier intento de reconstruir el desarrollo intelectual de Arist—teles nace de la ausencia de evidencia fidedigna con la cual datar la composici—n de diferentes partes de su obra. Los tratados contienen muchas referencias rec’procas, y a las obras ÔexotŽricasÕ. Pero esas referencias deben usarse con gran cautela como gu’as de las fechas relativas de las diferentes obras. El sistema como un todo contiene inconsistencias, y en muchos casos, particularmente cuando el pasaje que contiene la referencia no forma una parte integral del argumento, hay una clara posibilidad de que la referencia es un pensamiento explicatorio posterior agregado ya sea por el mismo Arist—teles, o incluso por algœn otro, mucho despuŽs que el grueso de la obra en la que este pensamiento se ha incluido, fue escrita. Cada uno de estos pasajes entonces, debe ser considerado por sus propios mŽritos. Pero donde la evidencia concreta es insustancial, el peligro de estar argumentado en c’rculo se hace mayor. Para tomar un crudo ejemplo, si creemos que el desarrollo de Arist—teles puede representarse como una continuada progresi—n de separaci—n del ÔplatonismoÕ, tenemos naturalmente la tendencia a pensar de diferentes obras como ÔtempranasÕ, ÔmediasÕ, o Ôtard’asÕ de acuerdo con la cantidad de ÔplatonismoÕ que ellas parecen contener. Pero es entonces demasiado f‡cil asumir esta clasificaci—n como un hecho dado, y citar pasajes en las obras as’ clasificadas como una prueba de la particular interpretaci—n del desarrollo de Arist—teles que nosotros favorecemos. Este es conscientemente un caso extremo, pero sirve para ilustrar un riesgo comœn en la discusi—n del desarrollo del pensamiento de Arist—teles.
Las obras literarias aportan algunos testimonios valiosos al dif’cil problema del desarrollo intelectual temprano de Arist—teles, y las conclusiones m‡s relevantes las discutirŽ en mi pr—ximo cap’tulo. Pero fuera de ello estas obras son s—lo de un interŽs e importancia menor. Nuestra fuente principal para las ideas de Arist—teles en cada uno de los numerosos temas que ocuparon su atenci—n, es la colecci—n de tratados que forman el Corpus AristotŽlico. Ciertos comentarios deber’an hacerse ahora acerca de la ordenaci—n de los tratados en el Corpus mismo, su autenticidad y su estilo.
Los Tratados
La disposici—n de los tratados y del texto mismo se deben al primer editor de Arist—teles, Andr—nico de Rodas. C—mo obtuvo los manuscritos de los tratados es el tema de una sorprendente historia, en verdad apenas cre’ble. De acuerdo con Žsta, la biblioteca de Arist—teles pas—, a su muerte, primero a Teofrasto y luego a Neleo de Scepsis. Los herederos de Neleo no estaban aparentemente ellos mismos interesados en el contenido de los libros, pero para evitar que fueran confiscados para la biblioteca de los reyes de PŽrgamo, los escondieron en un s—tano en Scepsis. De all’, estos fueron finalmente recobrados en condici—n muy da–ada por un bibli—filo llamado Apelicon, quien los trajo de vuelta a Atenas. Cuando Atenas fue conquistada por Sila el 86 a. C., este se apropi— de los libros y los envi— a Roma donde, sin embargo, sufrieron ulterior maltrato a manos de copistas hasta que Andr—nico fue encargado de editarlos y publicarlos en la segunda mitad del siglo primero antes de Cristo.
La historia implicar’a que los tratados de Arist—teles eran bastante desconocidos desde el comienzo del siglo tercero hasta la mitad del siglo primero a.C., pero esto es con claridad una exageraci—n. Es dif’cil de creer que los libros que se abrieron paso a Scepsis, representaban la existencia completa de sus obras en el Liceo. Adem‡s, un fragmento de una carta de Epicuro, que se ha conservado, hace referencia a los Anal’ticos y a ciertas obras f’sicas de Arist—teles no especificadas, y esto muestra que el conocimiento de los tratados no estuvo limitado a la escuela misma. Aœn as’, Arist—teles fue generalmente conocido por su di‡logos m‡s que por sus tratados hasta que Andr—nico hubo producido su gran edici—n. Si esa edici—n incorpor— o no manuscritos recientemente redescubiertos, ella ciertamente estimul— un redescubrimiento de Arist—teles y form— la base de todas las ediciones subsiguientes. Adem‡s, el ordenamiento tradicional del texto, las divisiones entre libros y el agrupamiento de libros dentro de tratados, todos derivan en œltimo tŽrmino de Andr—nico, aunque en muchos casos este ordenamiento se apoya en indicaciones insertas en el texto mismo. As’, la m‡s bien heterogŽnea colecci—n de libros que conocemos como la Metaf’sica, debe su t’tulo a su original posici—n en la edici—n de Andr—nico. Como lo indica el sentido literal de su nombre griego, este fue simplemente el grupo de libros que vino despuŽs de las obras f’sicas, y el tŽrmino general para el tema de la mayor’a de estos libros es Ôfilosof’a primeraÕ.
Las dos cuestiones de autenticidad y estilo est‡n conectadas. De un modo diferente que las obras literarias, los tratados no fueron compuestos, como ellos est‡n, para la publicaci—n, al menos para una publicaci—n general. Con la excepci—n de unos pocos pasajes, ellos no tienen pretensiones de pulimento literario. Su estilo es econ—mico, a veces hasta el punto de ser oscuro. A veces el texto parece contener poco m‡s que una serie de encabezamientos anotados para discusi—n o desarrollo posterior. El curso del argumento es a menudo interrumpido por digresiones, a medida que surgen puntos de las dificultades o se siguen posibles objeciones; y hay numerosas repeticiones, siendo atacado el mismo problema desde ‡ngulos similares o levemente diferentes en varias ocasiones.
La indicaci—n de que los tratados representan, en su mayor parte, notas referentes a la lectura de los cursos que Arist—teles dio en el Liceo es bastante plausible. La mayor’a de los estudiosos piensa que estos son las notas que Arist—teles compuso para s’ mismo como base para sus lecturas, aunque los m‡s escŽpticos dir’an que son obra de un cuidadoso disc’pulo que atend’a esos cursos. Dando por descontado que la soluci—n no puede ser establecida con seguridad, la opini—n de que ellos son producciones de segunda mano parece extremadamente improbable en vista de la unidad y coherencia de pensamiento que ellas exhiben. Sin embargo, el modo como los tratados fueron compuestos posibilit— la inserci—n de correcciones y reflexiones, y algunos de estos agregados bien podr’an no ser obra del mismo Arist—teles.
Un segundo problema surge con relaci—n a la autenticidad de libros en su totalidad, o grupos de libros. Aqu’ la actitud de los estudiosos ha cambiado bastante desde que se ha aceptado que el pensamiento de Arist—teles no es un sistema œnico dogm‡tico sino que experiment— una evoluci—n gradual. Cuando. por ejemplo, se hizo la primera colecci—n importante de los fragmentos de las obras 'exotŽricas', el editor Valent’n Rose, consider— espurias a aquellas obras en buena medida aduciendo que las doctrinas que ellas conten’an no lograban ajustarse exactamente a lo que se encuentra en los tratados. De modo semejante, los estudiosos por lo general ya no suponen que obras tales como las Categor’as y la ƒtica Eudemia deber’an ser tratadas como espurias, aunque se mantienen desacuerdos acerca de si ellas son con mayor probabilidad producciones 'tempranas' o 'tard’as'. Sin embargo, el Corpus aristotŽlico contiene indudablemente ciertas obras que no fueron escritas por el mismo Arist—teles. Un ejemplo es el tratado titulado Mechanica, aunque en este y en varios otros casos similares, el autor fue probablemente un miembro del Liceo y un pupilo de Arist—teles. Otro ejemplo es la colecci—n de libros de Problemas, porque aunque sabemos por referencias en otros tratados que Arist—teles escribi— una obra con ese t’tulo, esas referencias por lo general no logran concordar con pasaje alguno en la obra que ha llegado hasta nosotros bajo ese nombre. Es m‡s dif’cil establecer los derechos del cuarto libro de las Meteorologica y de importantes partes de la Historia Animalium: mientras que el libro X puede ser rechazado con seguridad, VII-IX son dudosamente autŽnticos, y largos pasajes de otras partes del tratado son sospechosos. Incluso si tales libros no fueran necesariamente compuestos por el mismo Arist—teles, ellos exponen los resultados de programas de investigaci—n que Žl inici—, y en cuestiones de doctrina su posici—n es en general bastante cercana a la que encontramos se adopt— en los tratados ciertamente m‡s autŽnticos. Del mismo modo, es improbable que Žl haya compuesto la totalidad de la colecci—n de historias constitucionales, de las que hab’a 158 en total, aunque nuestro œnico ejemplo conservado , la Constituci—n de Atenas, bien puede haber sido en general autŽntica. Con Arist—teles, como con la mayor’a de los autores antiguos, el estudioso y el especialista deben estar atentos frente a las corrupciones e interpolaciones del texto. Pero el lector general puede estar seguro de que, la gran mayor’a de lo que Žl encuentra en los tratados principales del Corpus aristotŽlicos es una representaci—n confiable del pensamiento aristotŽlico.
Se ha mencionado algunas de las cualidades negativas del estilo de los tratados, tales como la falta de pulimento literario, y la oscuridad que surge a veces de una econom’a demasiado grande de expresi—n. Pero deber’a se–alarse los mŽritos positivos de ese estilo, especialmente debido a que los tratados han sufrido a menudo en forma desfavorable, y hasta cierto punto injustamente, de una directa comparaci—n con los di‡logos de Plat—n. Aunque hay imperfecciones tales como una compresi—n excesiva, la escritura de Arist—teles es a menudo notablemente lœcida y concisa. Hay pocos per’odos literarios. Pero los per’odos literarios est‡n, al fin y al cabo, en buena medida fuera de lugar en una discusi—n de complejas cuestiones tŽcnicas, cient’ficas y filos—ficas. Los tratados revelan al fil—sofo en acci—n, definiendo el problema que se dispone a tratar, evaluando los puntos de vista de sus predecesores, formulando su propia opini—n preliminar, considerando si ellas necesitan modificaci—n a la luz de las dificultades y objeciones, ensayando argumentaciones para los diferentes puntos de vista, llevando siempre la investigaci—n, en resumen, hacia la soluci—n o expresi—n m‡s adecuada de su problema. Obviamente el estilo de los tratados habr’a sido estŽticamente m‡s satisfactorio si algunas de las digresiones y repeticiones hubieran sido eliminadas y se hubieran removido otras imperfecciones menores, pero el lector que se vuelve un buen conocedor de esas obras, se allana a favorecer el punto de vista de que el estilo de estos se adapta admirablemente a sus temas y a sus objetivos, siendo sus temas los puntos de discusi—n m‡s importantes en la filosof’a y la ciencia de la actualidad de Arist—teles, y siendo sus objetivos no la mera proposici—n de teor’as, sino la investigaci—n y exploraci—n completa de puntos de discusi—n.
CAPITULO II
EL ALUMNO DE PLATîN
Hasta tiempos comparativamente recientes, los estudios aristotŽlicos estuvieron dominados por la suposici—n de que las doctrinas que el Corpus contiene, forman un sistema œnico y perfecto. En este, como en muchos otros respectos, Arist—teles fue tajantemente contrastado con Plat—n. Mientras que el pensamiento de Plat—n fue generalmente considerado -desde comienzos del siglo diecinueve, en todo caso- como una compleja entidad que evolucion— a travŽs de su vida, la filosof’a de Arist—teles fue concebida enteramente como su opuesto, un todo est‡tico, dogm‡tico y monol’tico. Cuando se not— discrepancias entre las doctrinas expresadas en dos diferentes pasajes de los tratados, la tendencia fue suponer que uno u otro pasaje estaba corrupto y de acuerdo con esto enmendar el texto. Tanto tiempo como Arist—teles fue tratado -como lo fuŽ a travŽs de la Edad Media- como una autoridad preeminente, si no infalible en la mayor’a de los asuntos filos—ficos, no se consider— seriamente la posibilidad de que esta autoridad hubiera jam‡s cambiado de idea. Pero incluso cuando una actitud m‡s cr’tica hacia Arist—teles estuvo a la orden del d’a, se supon’a aœn que su filosof’a formaba un sistema invariable y dogm‡tico, y esta suposici—n no fue desafiada hasta bien entrado el siglo presente.
La Tesis de Jaeger
La fuerza mayor en lo que podr’a, sin exageraci—n, ser llamada la revoluci—n en los estudios aristotŽlicos fue Werner Jaeger. En 1912 Jaeger public— un estudio del desarrollo de la Metaf’sica, y luego, en 1923 apareci— la primera edici—n de su obra general, Arist—teles: Fundamentos de la historia de su desarrollo. En este, argumentaba que la filosof’a de Arist—teles no es un Òsistema est‡tico de concepcionesÓ, sino que experiment— un proceso continuo de desarrollo que puede ser rastreado a travŽs de los di‡logos conservados y los tratados. Cuando los di‡logos, en particular, parec’an expresar un punto de vista diferente de aquel que es presentado en los tratados, no descart— simplemente los primeros como Rose lo hab’a hecho, sino que intent— ajustar el testimonio que aquellos prove’an dentro del modelo general del desarrollo de Arist—teles.
En un esquema muy amplio, Jaeger suger’a que la evoluci—n filos—fica de Arist—teles puede dividirse en tres etapas principales, correspondiendo grosso modo a los tres principales per’odos de su vida, el primer per’odo ateniense, el per’odo de los viajes y el segundo per’odo ateniense. Existe una fuerte probabilidad que cuando Arist—teles entr— por primera vez a la Academia, adhiri— por cierto tiempo a las principales doctrinas de su maestro, Plat—n. Pero Jaeger pretend’a encontrar positiva evidencia de un per’odo plat—nico en la carrera de Arist—teles en obras tales como el Eudemo y el ProtrŽptico. En cuanto a la partida de Arist—teles desde Atenas a la muerte de Plat—n, Jaeger la describi— como Òla expresi—n de una crisis en su vida interiorÓ. ÒLa partida de Arist—teles y Jen—cratesÓ, escribi—Ó, fue una secesi—n. Ellos fueron al Asia Menor en la convicci—n de que Espeusipo hab’a meramente heredado el cargo y no el esp’ritu. Sostuvo que fue durante el per’odo de los viajes que Arist—teles rompi— con la filosof’a de Plat—n y desarroll— las doctrinas centrales de su propia metaf’sica, tales como la teor’a de las cuatro causas y la doctrina de la substancia.
Pero Jaeger crey— que un segundo cambio mayor en interŽs o Žnfasis ocurri— despuŽs que Arist—teles hubo retornado a Atenas y comenzado a ense–ar en el Liceo. Mientras el primer y segundo per’odos del desarrollo filos—fico de Arist—teles fueron, crey— Žl, marcados por una preocupaci—n por problemas metaf’sicos y epistemol—gicos, el tercero fue dedicado principalmente, a lo que llam—, Òla organizaci—n de la investigaci—nÓ. ƒl asign— al per’odo del Liceo obras tales como los tratados biol—gicos y la colecci—n de historias constitucionales, producciones que Žl describi— como representando Òun tipo cient’fico de investigaci—n exacta en el mundo real, que fue algo absolutamente nuevo y pionero en el mundo griego de su tiempoÓ. Hablando en forma general, entonces Žl represent— el desarrollo de Arist—teles como uno de menguante platonismo y de creciente empirismo. Hablando de la colecci—n de constituciones, por ejemplo, escribe que Òcon esta colosal compilaci—n. . . Arist—teles alcanz— su punto de mayor distancia de la filosof’a de Plat—nÓ. ƒl no s—lo perfil— una distinci—n general entre dos estilos de Òaudaz especulaci—nÓ y Òvasta investigaci—n emp’ricaÓ en la obra de Arist—teles, sino tambiŽn insisti— en que esos dos estilos corresponden, principalmente, a per’odos diferentes en la vida de Arist—teles.
El libro de Jaeger estimul— una serie de estudios individuales en el que cada una de las principales ramas del pensamiento aristotŽlico, l—gica, metaf’sica y teolog’a, f’sica, psicolog’a, biolog’a, Žtica y pol’tica, fueron examinados desde un punto de vista genŽtico o evolutivo.[3] Ambas partes de su tesis principal concerniente al desarrollo de Arist—teles han sido puestas a prueba y criticadas. Primero, en la cuesti—n de un Arist—teles desentendiŽndose del 'Platonismo', la influencia de Plat—n es evidente en varias doctrinas importantes que Arist—teles parece no haber ni abandonado ni modificado. Sostuvo que una parte del alma, al menos, es inmortal; una doctrina que comparte no s—lo con Plat—n sino con muchos otros fil—sofos griegos, y no hay evidencia que haya jam‡s abandonado esta creencia, aunque ella produce una discontinuidad en su relato acerca del alma. Su doctrina de la forma es un segundo ejemplo, donde las influencias plat—nicas nunca fueron totalmente eliminadas. Mientras que en la regi—n sublunar Žl insisti—, contra Plat—n, que la forma es inseparable de la materia, admiti— excepciones a esta regla en la esfera celeste donde formas puras pueden existir, y de hecho existen, y no hay raz—n para dudar que Žl continu— sosteniendo esta doctrina hasta el fin de su vida.
En segundo lugar, parte de la tesis de Jaeger concerniente al creciente empirismo de Arist—teles tambiŽn tropez— con objeciones. ƒl propuso originalmente que todas las principales obras biol—gicas pertenecen al per’odo del Liceo, el per’odo de la Òorganizaci—n de la investigaci—nÓ. Pero H.D.P. Lee, desarrollando una propuesta hecha por DÕArcy Thompson, se–al— que una alta proporci—n de nombres de lugares designados en la Historia Animalium se refieren a ‡reas de Grecia tales como la Tr—ade, Lesbos y Macedonia, que se sabe que Arist—teles hab’a visitado a menudo durante su per’odo de los viajes. Esto no significa decir que la Historia Animalium fue ya redactada hacia el tiempo que Žl volvi— a Atenas el 335. Ciertamente esto no es verdadero con respecto a los tratados en su conjunto, como los tenemos ahora, puesto que contienen un tesoro de informaci—n acumulada por un largo per’odo de tiempo, e incluye extensas adiciones hechas por otras manos. Sin embargo, los nombres de lugares ciertamente sugieren que la investigaci—n que form— de base del tratado original fue comenzada en el per’odo de los viajes.
Una objeci—n final, m‡s general a la interpretaci—n de Jaeger es que su contraste entre dogmatismo y empirismo, o entre metaf’sica e investigaci—n es demasiado simplificado. La investigaci—n cient’fica no se lleva al azar, sino que siempre a la luz de ciertas teor’as o suposiciones m‡s o menos expl’citas, y Arist—teles no es excepci—n. No es demasiado dif’cil trazar la influencia de ciertas ideas preconcebidas en sus investigaciones emp’ricas tanto en las ciencias naturales como en las sociales. La organizaci—n de la investigaci—n indudablemente cobr— ’mpetu en el œltimo per’odo de la vida de Arist—teles, y fue continuada y extendida, despuŽs de su muerte, por sus sucesores en el Liceo. Pero no es necesario, y es en verdad bastante poco plausible argŸir que sus vastas investigaciones emp’ricas desplazaron completamente de su interŽs en problemas te—ricos de metaf’sica y epistemolog’a.
Aunque la tesis de Jaeger est‡ expuesta a serias dudas, incluso sus cr’ticos m‡s severos han reconocido su deuda para con Žl como el pionero que abri— el camino a una nueva apreciaci—n de la filosof’a de Arist—teles como algo que evolucion— gradualmente. A pesar del nœmero de estudios evolutivos que se han llevado a cabo, la compleja tarea de reevaluar Arist—teles ha reciŽn comenzado, y hasta aqu’ otros estudiosos han sido apenas m‡s exitosos que Jaeger en granjearse una aceptaci—n por sus interpretaciones del modo que el pensamiento de Arist—teles se desarroll—. Los problemas metodol—gicos incluidos en la discusi—n de esta cuesti—n son formidables. Ya he mencionado un peligro, aquel de argŸir en un c’rculo y de citar como evidencia para confirmar una tesis particular, textos cuya relativa cronolog’a no ha sido establecida sobre fundamentos independientes. Adem‡s, no hay una raz—n que fuerce a asignar a dos pasajes dos per’odos diferentes del desarrollo filos—fico de Arist—teles, a menos que las doctrinas que ellos contienen sean estrictamente incompatibles, y ese es muy raramente el caso. A menudo dos teor’as que parecen a primera vista contradictorias, pueden reconciliarse una con la otra cuando se han hecho las concesiones debidas a los diferentes puntos de vista desde los que puede enfrentarse un problema complejo. Para mencionar un ejemplo, Nuyens sugiri— que esos pasajes que se refieren al coraz—n como asiento de ciertas funciones vitales representan un estadio diferente en el desarrollo de la psicolog’a de Arist—teles del de la doctrina del alma como Òla actualidad primera del cuerpo org‡nico naturalÓ. Pero aqu’, tal como otros estudiosos como Block y Hardie lo han demostrado, no hay raz—n convincente para probar que Arist—teles no pudo sostener ambas doctrinas simult‡neamente, y ciertamente hay pasajes en los tratados psicol—gicos que sugieren fuertemente que as’ lo hizo, lo que indicar’a que, pensemos lo que pensemos de la relaci—n entre las dos doctrinas en cuesti—n, Arist—teles mismo no se percat— de ninguna incompatibilidad entre ellas.[4]
En vista de la complejidad del problema, es apenas sorprendente que los estudiosos tienden ahora a ser mucho menos ambiciosos en sus pretensiones que Jaeger y algunos de sus inmediatos sucesores. Adem‡s, se ha enfatizado recientemente que los estudios cronol—gicos -el examen de las fechas relativas de composici—n de los di‡logos y tratados- no pueden ni deber’a esperarse que pueden proveer una respuesta a las cuestiones concernientes a las caracter’sticas o preocupaciones predominantes de la filosof’a de Arist—teles. Se han expresado numerosas opiniones conflictivas sobre este t—pico. Un parecer sostiene que Arist—teles es primero y principalmente un l—gico, cuya obra en biolog’a y en otros campos deber’a interpretarse a la luz de su teor’a l—gica. Otro lo presenta primeramente como un naturalista, cuya metaf’sica, l—gica y Žtica reflejan todas, o ciertamente est‡n basadas, en sus intereses y experiencia biol—gicos. Este es un asunto de la mayor importancia. Pero como Marjorie Grene, por su parte, ha insistido con raz—n, cuando tratamos de determinar las ideas e intereses fundamentales en la filosof’a de Arist—teles, los factores que debemos considerar no son los relativos a la cronolog’a de los tratados en los diferentes campos, sino a su estructura l—gica y a las interrelaciones de diferentes aspectos de su pensamiento. La cuesti—n es filos—fica, ella permanecer’a abierta incluso si tuviŽramos informaci—n precisa concerniente a las fechas relativas y absolutas de composici—n de sus varias obras.
VolverŽ a este importante asunto filos—fico en mi cap’tulo final. Pero mientras tanto nuestra preocupaci—n es con la cuesti—n hist—rica, la historia de la formaci—n del pensamiento de Arist—teles. ÀCu‡nto se ha avanzado en la comprensi—n de esto desde Jaeger? A primera vista, el progreso que se ha hecho parece claramente desilusionador cuando es medido ya sea con el esfuerzo realizado en estudios evolutivos o en contra de las esperanzas que levantara la investigaci—n inicial de Jaeger. Aunque se han emprendido numerosos an‡lisis detallados, sus autores han diferido a menudo vivamente en las conclusiones que han alcanzado. En verdad, tan generalizados han sido los desacuerdos de los estudiosos que trabajan en el problema, que ha habido, en a–os recientes, una definida reacci—n contra la tendencia a tratar de explicar las evidentes discrepancias entre diferentes pasajes en los escritos de Arist—teles, asign‡ndolos a diferentes per’odos de su vida. Aun as’, esta reacci—n, si bien saludable, no deber’a oscurecer los positivos resultados que han sido alcanzados. En primer lugar, un considerable progreso se ha hecho para determinar el orden relativo de libros que tratan una materia particular o un conjunto de problemas. En segundo lugar, una buena parte del cuadro general del desarrollo del pensamiento de Arist—teles se ha vuelto razonablemente claro.
Bajo el primer encabezamiento yo podr’a mencionar dos ejemplos. Se sostiene al presente generalmente, que los T—picos representan una etapa m‡s temprana en el desarrollo de la teor’a l—gica de Arist—teles que los Anal’ticos Primeros y los Anal’ticos Posteriores. Una consideraci—n que lleva a esta conclusi—n, es que la teor’a del silogismo es ignorada en los T—picos, y parece haber sido desarrollada despuŽs de esta obra, o al menos despuŽs que la mayor parte de ella hab’a sido escrita. Aqu’, trabajos posteriores han tendido a confirmar y elaborar una de las sugerencias de Jaeger. En mi otro ejemplo, sin embargo, las conclusiones de Jaeger han sido modificadas. De las obras que tratan con el problema del movimiento, parece ahora probable que la mayor parte del De Caelo fue compuesto antes que formulara la doctrina del motor inm—vil que es demostrada en F’sica VIII. Adem‡s, el de Caelo mismo podr’a, en la doctrina del Žter, se–alar un avance sobre una posici—n aun anterior. En uno de los fragmentos que probablemente proviene de la obra perdida De Philosophia, se muestra a Arist—teles negando tanto que el movimiento de las estrellas es impuesto, como que es natural, concluyendo que es voluntario -ellas se mueven porque son vivientes y tienen voluntad propia- y esto parece reflejar una etapa en su pensamiento sobre este tema antes que llegara a la noci—n de un quinto elemento que se mueve naturalmente en c’rculo.
Pero estamos aqu’ menos interesados en materias de detalle comparativo que con la cuesti—n de la interpretaci—n total del desarrollo intelectual de Arist—teles. En este problema, resultados positivos son mucho m‡s dif’ciles de alcanzar, puesto que ellos dependen del establecimiento de interrelaciones entre sus obras en diferentes campos. Hoy ciertamente parece improbable que la totalidad de su obra en un campo, lŽase Žtica, l—gica o biolog’a, es el producto de un per’odo particular de su vida. El cuadro que emerge es, -como lo veremos- complejo, desarroll‡ndose los intereses de Arist—teles simult‡neamente en una amplia extensi—n de temas. Toda explicaci—n de su desarrollo general debe, sin embargo, comenzar con la cuesti—n de su inicial relaci—n con Plat—n.
En varias ocasiones, en la Metaf’sica y en otros lugares, Arist—teles usa la primera persona del plural, ÒnosotrosÓ, para referirse a los plat—nicos, evidentemente incluyŽndose a s’ mismo en el grupo, incluso cuando est‡ criticando sus doctrinas. Pero Jaeger argument— que hay evidencia concreta en los di‡logos, de un per’odo plat—nico en la carrera de Arist—teles, y es tiempo ahora de examinar esta parte de su tesis en detalle. Primero, debe reiterarse que hay una fuerte conjetura que, cuando Arist—teles lleg— a la Academia a la edad de diecisiete a–os, adhiri— por algœn tiempo a las doctrinas de su maestro. Pero Àhasta d—nde proveen los di‡logos testimonios de un per’odo en la vida de Arist—teles en que Žl fue un plat—nico ortodoxo? ÀMantuvo, por ejemplo, la teor’a plat—nica de las ideas o una doctrina plat—nica del alma? ÀHasta d—nde hab’a ya comenzado a reaccionar contra Plat—n incluso en sus primeras obras literarias?
El Eudemo
Las respuestas a estas cuestiones dependen de un an‡lisis detallado de los restos de dos obras que quedan, el Eudemo y el ProtrŽptico, particularmente.[5] Primero, las circunstancias en las que el Eudemo fue compuesto tienen una relaci—n importante con sus contenidos. Se nos dice que Arist—teles lo escribi— para su amigo Eudemo despuŽs de la muerte de este œltimo. Los temas centrales del di‡logo son que el alma es inmortal y que el difunto tiene una existencia superior al viviente. La idea que Òser’a mejor para los hombres no haber nacido en absoluto. . . pero, una vez nacidos, lo siguiente mejor es morir lo m‡s pronto posibleÓ, es un t—pico comœn de la literatura griega temprana. Pero tres rasgos del tratamiento de Arist—teles en esta materia tienen particular significaci—n filos—fica. Primero, el Eudemo, como el Fed—n, conten’a una serie de argumentos para establecer la doctrina de la inmortalidad del alma, y, como el Fed—n nuevamente, se propone refutar la opini—n de que el alma es un ÒafinamientoÓ o Òarmon’aÓ, una doctrina que, si fuera correcta, mostrar’a la imposibilidad de la inmortalidad del alma. En segundo lugar, Arist—teles aparentemente argument— que el alma est‡ en su estado verdadero y natural cuando est‡ separada del cuerpo, no cuando est‡ unida al cuerpo. Cicer—n (frag. 1, Ross) se refiere a una historia que implica que Arist—teles est‡ de acuerdo con la opini—n de que cuando un hombre muere, su alma retorna a su verdadera casa, y un pasaje en Proclo (frag. 5) sugiere que Žl comparaba la existencia del alma sin el cuerpo a la salud, y su vida en el cuerpo a la enfermedad. En tercer lugar, dos de nuestras fuentes sugieren que el alma tiene ciertas visiones en su estado no corporal. Desafortunadamente ambas fuentes son muy vagas acerca de la naturaleza de estas visiones y de sus objetos. Proclo (frag. 5) menciona la idea en su comentario sobre la Repœblica de Plat—n, y las visiones en el pasaje de Plat—n que Žl examina, el mito de Er, son simplemente del mundo subterr‡neo. Pero nuestra otra fuente manifiestamente posterior, el fil—sofo ‡rabe al-Kindi, habla del alma separada contemplando Òalmas, ideas y ‡ngelesÓ (Frag. 11), y esto sugiere que cualquiera que sean las visiones aludidas en el Eudemo debidas al mito de Er, ellas tambiŽn han derivado en algo de otros mitos tales como el del Fedro, donde lo que el alma ve no es el aparejo convencional de la mitolog’a del mundo subterr‡neo, sino la verdadera realidad, esto es, para Plat—n, las Formas trascendentales.
El Eudemo es una Òconsolaci—nÓ, no un an‡lisis sistem‡tico de la naturaleza del alma, sin mencionar el problema del conocimiento. Los fragmentos que poseemos no comprometen a Arist—teles con ninguna doctrina ontol—gica o epistemol—gica definida : aun m‡s, en vista del tema del di‡logo, es dudoso si tal tipo de doctrina fue claramente establecida en la obra. Nuestros testimonios, sin embargo, sugieren ciertamente dos conclusiones bastante relevantes acerca de los contenidos del Eudemo. Primero, Arist—teles propone una doctrina del alma existiendo naturalmente fuera del cuerpo, que, como se ver‡, contrasta extra–amente con el relato del alma presentado en los tratados. Y en segundo lugar, el di‡logo inclu’a un pasaje que hablaba particularmente de las visiones que el alma tiene cuando deja el cuerpo. Esta es otra idea que no tiene paralelo en los tratados, y fue evidentemente calcada de los mitos escatol—gicos en los que Plat—n describi— los viajes del alma y las visiones que tiene en su estado de separaci—n. Lo que no podemos decir con ninguna seguridad, sin embargo, es cu‡n de cerca pudo Arist—teles haber seguido un espec’fico modelo plat—nico: ni es claro quŽ peso deber’a atribuirse a un pasaje que era obviamente mitol—gico en contenido. Nuestra observaci—n final es, entonces, negativa: si buscamos una afirmaci—n expl’cita de que los objetos de conocimiento son Formas trascendentales (plat—nicas), nada se hace presente en los fragmentos que quedan del Eudemo.
Algunas rese–as relativas al Eudemo indican que la concepci—n de Arist—teles acerca del alma en este di‡logo tiene mucho en comœn con la de Plat—n. Pero un testimonio podr’a ser tomado como sugiriendo que Žl ya difer’a de Plat—n sobre este t—pico en ciertos respectos. Este es el fragmento 8, un pasaje en el comentario de Simplicio sobre el de Anima, en el que nos cuenta, entre otras cosas, que Ò tambiŽn en el EudemoÓ Arist—teles declar— que el alma era una ÒformaÓ y alab— a aquellos que describen el alma como receptora de las formas. La segunda frase presenta poca dificultad, pues se se–ala sin duda entre otros a Plat—n. En Plat—n, el alma es la que aprehende o coge las Formas. Adem‡s, Arist—teles mismo continu— creyendo que el alma es Òreceptora de formasÓ, aunque en los pasajes en el de Anima en que expresa esta doctrina, las ÒformasÓ en cuesti—n no son las trascendentales, plat—nicas y absolutas, sino las propias de Arist—teles, formas ÒperceptiblesÓ e ÒinteligiblesÓ.[6]
Pero el rasgo sorprendente de la rese–a de Simplicio es que, Žl dice que en el Eudemo, se dijo que el alma era Òuna formaÓ. Simplicio mismo evidentemente crey— que la doctrina del Eudemo, a la que se refiere, es similar a la expresada en el pasaje del de Anima que Žl est‡ comentando, puesto que dice Òen el Eudemo tambiŽn. . . Žl (Arist—teles) declara que el alma es una formaÓ. Y hay ciertamente varios pasajes tanto en los tratados psicol—gicos como en los biol—gicos, en que el alma es contrastada con el cuerpo como la forma a la materia, aunque la definici—n tŽcnica de alma en la doctrina ya desarrollada de Arist—teles es la Òactualidad primeraÓ del cuerpo natural org‡nico. Pero suponiendo por el momento que Simplicio est‡ correcto, es dif’cil ver c—mo pudo Arist—teles en el Eudemo haber sostenido a un mismo tiempo ambas doctrinas: que el alma es la forma del cuerpo en el sentido aristotŽlico del tŽrmino forma, y la doctrina referida por Proclo que, en su estado verdadero y natural, el alma est‡ separada del cuerpo -y que cuando se incorpora en el cuerpo es como si estuviera enferma. No resuelve nuestro problema, sin embargo, el argumentar que Simplicio ha simplemente malinterpretado el sentido del tŽrmino ÒformaÓ como Arist—teles lo usaba en el Eudemo, y que debe haber tenido un sentido plat—nico en el pasaje en cuesti—n. Plat—n mismo en ninguna parte identific— el alma como una Forma trascendental, y ciertamente una doctrina tal habr’a sido imposible de conciliar con la teor’a de las Formas expresada en sus di‡logos. Nuestra interpretaci—n entra en dificultades, entonces, cualquiera que sea el sentido que le damos al tŽrmino ÒformaÓ: pero ni en uno u otro respecto la doctrina referida por Simplicio es plat—nica. Cualquiera de las dos m‡s bien insatisfactorias interpretaciones que se prefiera, es claro que si la rese–a de Simplicio tiene en absoluto alguna substancia, Arist—teles hab’a ya comenzado en el Eudemo a modificar las ense–anzas de Plat—n sobre el alma.
El ÒProtrŽpticoÓ
Los testimonios provenientes del ProtrŽptico conducen a una conclusi—n general semejante. Esta obra fue una exhortaci—n al estudio de la filosof’a, pero hay considerables dificultades en fijar sus contenidos, puesto que dependemos principalmente no de citas directas, sino de pasajes en el ProtrŽptico de Y‡mblico, que es comœnmente considerado como basado en buena medida en la obra de Arist—teles. En primer lugar, sin embargo, parece claro que como en el Eudemo, as’ tambiŽn en el ProtrŽptico Arist—teles argument— que la existencia del alma en el cuerpo es antinatural y un castigo. Como conviene al tema principal de la obra, se puso gran Žnfasis en la contemplaci—n como la m‡s alta actividad del hombre, y en la obtenci—n del conocimiento y sabidur’a como su principal’simo final. Pero la cuesti—n m‡s interesante que los testimonios del ProtrŽptico aportan, concierne a la naturaleza y objeto de este conocimiento. En uno de los pasajes de Y‡mblico (Frag. 11, Ross) que se piensa que sigue de bastante cerca a Arist—teles, se hace la pregunta de Òsi el objeto de este conocimiento es el mundo, o algo cuya naturaleza es diferenteÓ, pero la pregunta es puesta en este punto s—lo para diferirla. La mayor’a de los tŽrminos usados para describir los objetos del conocimiento que el fil—sofo deber’a tratar de alcanzar son ambiguos. Uno de nuestros textos (de nuevo Y‡mblico, Frag. 10 a) se refiere al fil—sofo Òque tiene una visi—n de las cosas eternasÓ, pero esto podr’a significar ya la contemplaci—n de las verdaderas eternas o meramente el estudio de los eternos cuerpos celestes, aunque sin duda el primer sentido es el m‡s posible. Y en otra parte, los objetos de estudio del fil—sofo son simplemente descritos como ÒrealidadÓ o Òla verdadÓ.
Pero hay un testimonio que ciertamente nos permite avanzar algo m‡s: este es el pasaje en Y‡mblico (Protr. cap. 10, 54, 10 ss., Frag. 13) donde se argumenta que la comprensi—n te—rica tiene ventajas pr‡cticas. Primero, se propone la idea de que doctores, instructores y gobernantes, necesitan Òexperiencia de la naturalezaÓ para ser buenos en sus obligaciones particulares, aunque la frase Òexperiencia de la naturalezaÓ es altamente ambigua, como lo revela el argumento siguiente. Los artesanos, se afirma, derivan sus mejores herramientas de la ÒnaturalezaÓ, y esto se explica diciendo que instrumentos tales como la regla, se derivan de fen—menos naturales tales como los rayos de luz, y es en referencia a esos instrumentos que nosotros testificamos lo que a nuestros sentidos puede parecer suficientemente derecho o pulido. Pero entonces, tambiŽn el gobernante se dice que necesita ciertas normas, o{roi, en referencia a las que Žl juzgar‡ quŽ es justo o bueno o ventajoso, y se dice tambiŽn que esas normas derivan de la Ònaturaleza misma y la verdadÓ. La ley que m‡s se conforma con la ÒnaturalezaÓ es la mejor ley. Pero para estar en posici—n de proponer tales leyes, el gobernante debe estudiar filosof’a.
Sin embargo, habiendo sugerido este punto de semejanza entre artesanos y gobernantes, que ambos obtienen sus ÒclasificacionesÓ de las ÒnaturalezaÓ, el argumento prosigue para trazar una distinci—n entre ellos, considerando el tipo de Òimitaci—nÓ que cada cual practica. Se afirma que los artesanos derivan sus herramientas y sus m‡s exactos c‡lculos no de Òlos originalesÓ o Òlo que es primeroÓ, aujta; ta; prw`ta, sino de copias de un primero, segundo o mayor grado. S—lo el fil—sofo copia de Òesas cosas que son exactas en si mismasÓ, ajp jaujtw`n tw`n ajkribw`n. ƒl solo las Òcontempla a ellas y no sus imitaciones". Tal como un constructor usar’a m‡s bien la regla que un ya existente edificio como medida de rectitud, as’ el gobernante-fil—sofo no puede esperar crear buenas leyes si usa como su norma las leyes existentes de algœn estado, pues una imitaci—n de lo que no es en s’ mismo ni divino ni estable, no puede tampoco ser estable. El solo fil—sofo, sin embargo, puede alcanzar reglas estables, porque ÒŽl solo vive su vida contemplando la naturaleza y lo divinoÓ.
Debemos reiterar que no sabemos hasta quŽ punto todo este pasaje reproduce a Arist—teles. Adem‡s, el argumento es reconocidamente confuso y dif’cil de interpretar. Primero, la fluctuaci—n de sentido del tŽrmino ÒnaturalezaÓ. Cuando se dice que el artesano obtiene sus herramientas de la ÒnaturalezaÓ, representa a ciertos fen—menos f’sicos. Pero cuando se recomienda que el gobernante tome las normas por las que juzgar‡ lo que es justo, bueno y oportuno de la Ònaturaleza misma y la verdadÓ, ÒnaturalezaÓ aqu’ no representa dato alguno de experiencia, sino m‡s bien un ideal abstracto, y la experiencia del gobernante en leyes reales o en constituciones existentes es expl’citamente excluida. Segundo, las ÒnormasÓ mencionadas en este fragmento deben evidentemente distinguirse de aquellas a que se ha hecho referencia en otra parte en nuestros testimonios en favor del ProtrŽptico. As’, en el Frag. 5 encontramos la comœn idea aristotŽlica de que el hombre bueno o el hombre sabio actœa como una norma de lo que es bueno para otros hombres -lo que Žl juzga que es bueno o malo es bueno o malo: ÒÀquŽ medida, kavnwn, o norma, o{ro", m‡s exacta que el hombre sabio, oJ frovnimo", tenemos para lo que es bueno?. Pero si ambos, Frag. 5 y Frag. 13, son genuinos, parece que Arist—teles no s—lo constituye al hombre sabio en norma de bien y mal para la humanidad en general, sino tambiŽn sostuvo que el gobernante mismo necesita ciertas normas de referencia. Estas œltimas no son suministradas por Òel hombre buenoÓ, ni por ningœn objeto de experiencia. Vienen m‡s bien de Òla verdadÓ, y para captar estas normas el gobernante debe estudiar filosof’a, concebida aqu’ como una investigaci—n teorŽtica que contempla objetos que son descritos como ÒprimerosÓ y ÒexactosÓ.
Si el Frag. 13 se basa en el ProtrŽptico y no lo desfigura completamente, entonces, en esa obra Arist—teles distingui— entre diferentes tipos de actividad -filosof’a y producci—n art’stica- de acuerdo a la condici—n de los objetos que ellos imitan, contrastando la imitaci—n de exactos originales por parte del fil—sofo, con la imitaci—n de copias por parte del ordinario artesano. Adem‡s, la filosof’a as’ concebida se la toma como siendo directamente relevante a la obra del cient’fico de la pol’tica, porque sin hacer filosof’a Žl no ser‡ capaz de captar las verdaderas normas de lo recto y lo falso. Esta segunda doctrina, especialmente, contrasta con el punto de vista expresado en los tratados Žticos. All’ la doctrina del ProtrŽptico Frag. 5, que el hombre bueno provee una norma de bien y mal, es elaborada, por ejemplo en la Etica Nic—maquea 1113 a 25 ss. Pero no escuchamos m‡s de la dependencia de la ciencia pol’tica en ninguna investigaci—n exacta: ciertamente la inexactitud de la Žtica y de la pol’tica en s’ mismas es enfatizada en los tŽrminos m‡s vigorosos posibles. ÒEl mismo grado de precisi—n —to; ajkribev"Ó, dice en la EN 1094b 12 ss., Òno deber’a ser exigido en todas las investigaciones. . . acciones hermosas y justas, que son el sujeto y materia de la pol’tica, admiten abundantes diferencias y variaciones. . . es inapropiado en Žtica reclamar una demostraci—n, como lo es si se permite a un matem‡tico el usar meramente argumentos probablesÓ. De nuevo sostiene en EN 1095a 30 ss. que el punto de partida en las discusiones Žticas es lo que es mejor conocido para nosotros -esto es, lo particular- y no lo que es mejor conocido en forma absoluta, los universales. Incluso el ProtrŽptico, por contraste, da menos valor a la consideraci—n de leyes y constituciones particulares existentes, y aboga por que el legislador deber’a mantener fija su mirada en lo que es estable, divino y eterno.
Los textos preservados no clasifican la condici—n ontol—gica de los originales que el fil—sofo contempla, excepto que dicen que ellos son ÒprimerosÓ y ÒexactosÓ. No hay evidencia expl’cita de que son las Formas plat—nicas trascendentales. Sin embargo, las implicancias plat—nicas del Frag. 13 son obvias. Donde es usual para Arist—teles distinguir simplemente entre universales y particulares, hizo una distinci—n aparentemente entre originales y copias, y esta idea claramente debe much’simo al modo en que Plat—n describi— la relaci—n entre las Formas y los particulares. Igualmente, la referencia de la dependencia de la ciencia pr‡ctica del gobernante en la investigaci—n exacta, teorŽtica, del fil—sofo, tiene m‡s en comœn con las tesis Žticas que Plat—n intent— establecer con la ayuda de la teor’a de las Formas, que con las opiniones que Arist—teles m‡s tarde hab’a de proponer sobre la naturaleza de la investigaci—n Žtica en la Etica Nicom‡quea.
Como el Eudemo, sin embargo, el ProtrŽptico muestra se–ales de que Arist—teles se desv’a de las tesis plat—nicas en ciertos puntos. Mientras la distinci—n perfilada en Y‡mblico entre original y copia recuerda fuertemente la discusi—n de los diferentes tipos de creaci—n en el libro dŽcimo de la Repœblica de Plat—n, hay al menos un punto importante de desacuerdo entre las dos doctrinas. Tanto en la Repœblica como en el Cratilo, por ejemplo, Plat—n est‡ dispuesto a conceder que el artesano que hace una cama o una lanzadera, imita la Forma del artefacto directamente. En la Repœblica es solamente el pintor o el escultor o el poeta el que imita copias. Sin embargo, en Y‡mblico al menos, todos los artesanos parecen estar a un mismo nivel que los pintores, escultores y poetas de Repœblica X. De acuerdo con el texto que hemos considerado, cuando el fabricante de instrumentos hace sus herramientas, Žl no toma los ÒoriginalesÓ mismos como modelos: al contrario, se dice que estas herramientas han sido tomadas de copias que est‡n a un primero, segundo, o mayor grado de lo que es exacto. Es dif’cil estar exactamente seguro de lo que se significa con esto, a menos que la idea es que la regla, por ejemplo, no es tomada de la absoluta rectitud en s’, sino m‡s bien de tales fen—menos naturales como rayos de luz -como se ha insinuado antes en este pasaje. Sin embargo, si hay que confiar en Y‡mblico, la doctrina del ProtrŽptico difiere de Plat—n al interponer una fase en la creaci—n de instrumentos que no es mencionada en las discusiones propias de Plat—n en esta materia, y al asignar un rango correspondiente m‡s bajo a la mayor’a de los artesanos.
As’, dos de las obras literarias tempranas de Arist—teles contienen doctrinas que tienen obvias afinidades con tesis plat—nicas y que contrastan con las opiniones que encontramos expresadas en los propios tratados de Arist—teles. El concepto de que el alma, en su condici—n verdadera y natural, es separada del cuerpo, y que su estada en el cuerpo es una aflicci—n y un castigo fue sostenida por otros pensadores griegos tempranos, y en particular por los pitag—ricos, antes de encontrar su m‡s dram‡tica expresi—n en Plat—n. Reaparece. inesperadamente, en el Eudemo y el ProtrŽptico, en sorprendente contraste con la definici—n del alma como Òla primera actualidad del cuerpo org‡nico naturalÓ, que Arist—teles hab’a de proponer m‡s tarde en el de Anima. Por otra parte, algunas de las opiniones del ProtrŽptico sobre la naturaleza del debate Žtico y pol’tico, difieren vivamente de las que son expresadas en la Etica Nicomaquea.
Los testimonios concernientes a la actitud de Arist—teles hac’a la teor’a de las Formas en s’ mismas son menos seguros. Ninguno de los dos di‡logos se refiere expl’citamente a las Formas plat—nicas trascendentales. Sin embargo, el Eudemo parece haber contenido un pasaje concerniente a las visiones del alma fuera de su cuerpo, basado, en parte, en el mito del Fedro. Y la distinci—n trazada en el ProtrŽptico entre los ÒprimerosÓ y ÒexactosÓ originales que el fil—sofo contempla, y las meras imitaciones o copias, obviamente derivan -aunque la modifican-, de la distinci—n entre modelo y copia, que jug— tan importante papel en la consideraci—n de Plat—n de la relaci—n entre Formas y particulares. En ambos casos, el testimonio no es suficiente para probar que Arist—teles acept— la teor’a de las Formas como tal en ese tiempo. Todo lo que muestra es que Žl estuvo dispuesto a adquirir y usar, para sus propios fines, ideas e im‡genes que se originan en las exposiciones de Plat—n de esta teor’a. Y mientras que su disposici—n a hacer esto puede sugerir que Žl fue, si no un adherente de la teor’a, al menos un simpatizante de ella, la extensi—n de su simpat’a o apoyo sigue siendo grandemente una materia de conjetura.
La influencia de Plat—n en el Eudemo y el ProtrŽptico es fuerte. Pero hay clara evidencia en ambas obras que Arist—teles hab’a comenzado a apartarse de las ense–anzas de su maestro. Adem‡s, estas son las œnicas dos obras donde hay substancial evidencia de Arist—teles sosteniendo importantes tesis plat—nicas que hab’a de rechazar m‡s tarde. Los tratados en s’ mismos no contienen ninguna insinuaci—n de que en alguna etapa de su carrera Arist—teles toler—, menos aœn, sostuvo la teor’a de las Formas de Plat—n. El tono de algunos pasajes donde considera que la teor’a es m‡s suave que la de otros, pero aun en aquellas partes de la Metaf’sica en que se coloca a s’ mismo con los Platonistas, rechaza las Formas trascendentales en tŽrminos inequ’vocos. Adem‡s, varias de las obras perdidas, tambiŽn, tanto literarias como tŽcnicas, conten’an cr’ticas fundamentales a las Formas, y aunque no podemos estar seguros de las fechas, estas obras incluyen algunas que bien pueden haber sido producidas durante el primer per’odo ateniense -esto es, mientras Plat—n estaba aun vivo.[7] Dos de nuestras fuentes de informaci—n, Plutarco y Proclo, refieren que los di‡logos conten’an refutaciones de las Formas, y Alejandro aporta una extensa y detallada informaci—n concerniente en particular a la obra titulada De las Formas, en la que Arist—teles da a conocer los argumentos por los que los Platonistas esperaban establecer su teor’a, junto con las cr’ticas y objeciones propias de Arist—teles.
Podemos razonablemente suponer que en el inicio mismo de su carrera filos—fica, Arist—teles acept— muchas de las ense–anzas de Plat—n. Dos de sus obras tempranas, el Eudemo y el ProtrŽptico, nos proporcionan un vislumbre de un Arist—teles cuya doctrina del alma, por ejemplo, y cuya concepci—n de la investigaci—n Žtica, son m‡s cercanos a Plat—n que a las opiniones expresadas en los tratados. La evidencia concreta de su aceptaci—n de la teor’a de las Formas es en s’ misma tenue, y en todo caso su adhesi—n a esa teor’a pudo s—lo haber sido de corta vida, puesto que fue rechazada no solamente en tratados tales como Metaf’sica A, sino tambiŽn en los di‡logos tempranos y en la obra De las Ideas. Incluso despuŽs que hubo formulado sus principales objeciones a la doctrina de las Formas, Arist—teles permaneci— aœn profundamente influido por otros aspectos de la ense–anza de Plat—n. No solamente hered— ciertamente muchos de sus problemas de Plat—n, sino que su cr’tica de Plat—n a menudo proporciona el punto de partida y fundamento de sus propias teor’as. Sus ideas se desarrollaron a menudo, de hecho, en deliberado contrataste con las de Plat—n. La evidencia de testimonios para un per’odo en la vida de Arist—teles en que puede ser considerado, al menos en algunos respectos, un platonista ortodoxo, ha sido revisado: es, como se ha visto, muy limitada. Permanece el mucho m‡s intrincado e importante asunto de las influencias m‡s fundamentales que Plat—n tuvo sobre su alumno. El pr—ximo paso es considerar la naturaleza de las principales cr’ticas que Arist—teles efectœo contra la filosof’a de su maestro.
CAPêTULO
III
LA CRêTICA DE PLATîN
Jaeger vio la partida de Arist—teles de Atenas en el 347, como la expresi—n de una crisis en su vida interior, y describi— esa partida como una secesi—n. Aunque podr’amos creer con facilidad que el abandono de Atenas marc— un proceso importante en su relaci—n con la Academia, sabemos que Žl comenz— a criticar a los plat—nicos, a la vez que consider‡ndose aœn a s’ mismo un miembro de su c’rculo. ƒl usa regularmente la primera persona plural al referirse a los plat—nicos en su rese–a cr’tica de la filosof’a de estos en Metaf’sica A c. 9, e incluso antes de eso, Žl hab’a manifestado sus objeciones a la teor’a de las Formas extensamente en la perdida obra Sobre las Formas. Su rechazo de esta doctrina central del platonismo puede bien fecharse en un per’odo en que Plat—n estaba aœn vivo. A la larga, las cr’ticas por parte de Arist—teles de las teor’as de su maestro, se extendieron sobre una ampl’sima extensi—n de temas, incluyendo f’sica, cosmolog’a, psicolog’a y Žtica. Pero la clave de su reacci—n contra la filosof’a de Plat—n es indudablemente su rechazo de la teor’a de las Formas. Esta fue la piedra angular de la ense–anza de su maestro, y del rechazo de esta doctrina provienen muchas de sus otras objeciones menores.
Los argumentos de Arist—teles est‡n dirigidos no tanto contra el Plat—n que conocemos del Fed—n y la Repœblica como contra el platonismo en boga en la Academia de su propio tiempo. En verdad, las dos posiciones que Žl atac—, y los argumentos que us— para atacarlos, deben mucho a las discusiones de la Academia. Varios de sus argumentos dan de inmediato la impresi—n de capciosos e injustificadas como cr’ticas de Plat—n mismo. A veces la explicaci—n de esto podr’a ser que apuntan a otros miembros de la escuela. Por otra parte, algunas de sus objeciones son ciertamente exageradas, en especial cuando el tiene una tesis propia que defender sobre el problema en discusi—n. Al presente, no necesitamos adentrarnos demasiado en las fascinantes pero complejas cuestiones acerca de la amplitud con que Arist—teles pudo haber desfigurado a Plat—n o al Platonismo, o las razones para hacerlo as’. El problema que principalmente nos preocupa es m‡s bien el descubrir los puntos de un desacuerdo real entre Plat—n y Arist—teles en conclusiones de importancia filos—fica. ÀCu‡les son los principales fundamentos filos—ficos para el rechazo por parte de Arist—teles de la teor’a de las Formas? ÀY en quŽ medida las propias ideas de Arist—teles sobre substancia y causalidad est‡n aœn en deuda con Plat—n?
Cr’tica de las Formas
Las principales cr’ticas presentadas contra la teor’a de las Formas pueden agruparse en tres ac‡pites centrales: (1) cr’ticas de los argumentos usados para establecer las Formas, (2) cr’ticas de aspectos de la teor’a misma, y (3) cr’ticas de su utilidad, esto es, de su capacidad de proporcionar soluciones a los problemas que ella estaba destinada a resolver.
Bajo el primer ac‡pite, Arist—teles pretende que, o bien (a) los argumentos que los plat—nicos usaron para establecer la teor’a de las Formas no son concluyentes y no prueban absolutamente nada, o (b) si ellos prueban algo, prueban demasiado, puesto que ellos prueban la existencia de Formas de cosas de las que los plat—nicos negaron que hubiesen Formas (Metaf’sica 950 b 8). Se refiere a continuaci—n a los argumentos centrales usados para establecer las Formas, con los breves y un tanto cr’pticos t’tulos con los que Žstas eran conocidas en la escuela, tales como Ôel uno por sobre lo mœltipleÕ, y el argumento Ôdel pensamiento de algo que no lo es m‡sÕ. Sin embargo, con la ayuda del comentario de Alejandro, escrito acerca de la obra Sobre las Formas, es posible reconstruir los argumentos en cuesti—n y las objeciones de Arist—teles.
As’, el argumento de Ôuno por sobre lo mœltipleÕ, por ejemplo, puede resumirse como sigue: si para cada clase, tal como la de los hombres, hay algo, el predicado general ÔhombreÕ, que es predicado de cada uno de los miembros de su clase, pero que no es idŽntico con ninguno de ellos, Žste ser‡ separado de los particulares y eternos; pero aquello que es separado de los particulares y eternos es la Forma; por consiguiente hay Formas. Pero Arist—teles objetaba esto primeramente, que el argumento obliga a los Plat—nicos a erigir Formas de negaciones, porque incluso un tŽrmino negativo, Ôno-hombreÕ, por ejemplo, es predicado como un tŽrmino singular idŽntico de muchos sujetos; y en segundo lugar, que dicho argumento no prueba que haya Formas. Todo lo que este tiende a probar es que, aquello que es predicado en comœn, es diferente de los particulares, de los que este es predicado: no establece que el predicado comœn es un objeto real con una existencia separada e independiente. Las objeciones de Arist—teles a otros argumentos toman una forma semejante. Es, sin embargo, un tanto sorprendente el descubrir que Žl critic— ciertos argumentos suponiendo que ellos implicaban Formas de artefactos y de tŽrminos relativos. Plat—n mismo no habr’a vacilado en hablar de la Forma de una cama o de la Forma de extensi—n, y con todo Arist—teles ahora lo hace aparecer como una consecuencia importuna de ciertos argumentos, el que ellos impliquen esas Formas. ƒl cre’a evidentemente que el postular tales Formas iba en contra de los principios generales que los Plat—nicos deb’an aceptar. Y en el caso de Formas de relaciones, el principio en cuesti—n bien pudo haberse derivado de la distinci—n que el mismo Plat—n hab’a establecido entre entidades autosubsistentes, kaq auJta;, y relativas, pro;" a[lla, en el Sofista (255 c.).
Arist—teles concluye que ninguno de los argumentos usados para establecer las Formas es convincente. Pero luego Žl tambiŽn critica ciertos aspectos de la teor’a misma. Objeta especialmente la explicaci—n que se dio de la relaci—n entre Forma y particulares. En Metaf’sica 991a 20 ss, Žl reclama que, decir que las Formas son modelos, paradeivgmata, y que las otras cosas participan de ellos, metevcein, es vana conversaci—n y mera met‡fora. Los Plat—nicos, dice, sostienen que las Formas son separadas y aparte de los particulares de los que ellas son las Formas: sus tŽrminos son cwriv" y cwristav. Pero al hacer eso, ni semejanza ni participaci—n pueden dar una explicaci—n adecuada de la relaci—n entre los dos. Aqu’ Žl puede aparecer como agrandando una dificultad acerca de la que el mismo Plat—n estaba consciente, y que discuti— en el ParmŽnides, aunque es un asunto altamente controvertido si Plat—n modific— su actitud sobre esta cuesti—n a la luz de las objeciones que Žl considera en ese di‡logo. Pero hasta donde ata–e a Arist—teles, su cr’tica de los tŽrminos usados para describir esa relaci—n, refleja su propio rechazo de la suposici—n que las Formas son entidades separadas.
Pero el tercer y m‡s importante tipo de cr’tica que Arist—teles ha de hacer a las Formas es que ellas no aportan soluci—n ni a los problemas del cambio y del devenir o al problema del conocimiento. Lo que los Plat—nicos hab’an hecho, afirma ‡cidamente en cierto momento (Metaf’sica 990a 34 ss.), fue el postular entidades iguales en nœmero a los objetos que hab’a que explicar, como si, doblando el nœmero de cosas que ellos ten’an que considerar, aportar’a una soluci—n al problema de sus causas. Pero Àen quŽ contribuyen esas Formas, pregunta (Metaf’sica 991a 8 ss), a los objetos sensibles? Ellas no causan ni movimiento ni cambio. Adem‡s, arguyendo una vez m‡s desde el punto de vista de su concepci—n propia de forma inmanente, Žl niega que las Formas contribuyan ni al conocimiento de los particulares ni a su ser.
En cuanto al primer punto, que las Formas no causan ni movimiento ni cambio, Plat—n mismo habr’a contestado sin duda que lo que originaba movimiento, en su sistema cosmol—gico, era el alma del mundo o el Artesano que es descrito en el Timeo como conduciendo al mundo al orden desde el desorden, y como creando las cosas segœn el modelo de las Formas eternas. Podr’a ser que hubiera Platonistas que conservaron la teor’a de la Formas mientras abandonaban las doctrinas del alma del mundo y del Artesano. Pero incluso contra Plat—n mismo, la objeci—n de Arist—teles es bastante pertinente en la medida en que las Formas mismas no proporcionaban respuesta a la cuesti—n del origen del movimiento. Plat—n, en verdad, hab’an enfatizado la inmutabilidad de las Formas, y hab’a opuesto a ellas en ese respecto a los particulares, que Žl describ’a como cambiando siempre.
Sobre el segundo punto, que las Formas no contribuyen ni al conocimiento de los particulares ni a su ser, Plat—n ciertamente quer’a que su teor’a ayudara a resolver cuestiones tanto epistemol—gicas como ontol—gicas, como podr’amos llamarlas. Arist—teles no pod’a v‡lidamente objetar que Plat—n no proporcionara respuestas a la preguntas de quŽ es cognoscible y quŽ es real, pero Žl cre’a que las respuestas que Plat—n dio eran erradas en aquello que sus Formas eran separadas de los numerosos particulares de quienes ellas son Formas. E incluso admitida la existencia de las Formas plat—nicas, son s—lo las Formas mismas las que son los objetos de conocimiento, y eso puede decirse que es en el sentido m‡s estricto de esos tŽrminos: los muchos particulares son meramente los objetos de opini—n, y ellos pertenecen al mundo del devenir, no del ser.
Se puede suponer que los principales motivos por los que Arist—teles rechaz— las Formas ser’an que ellas proporcionaban una soluci—n inadecuada al problema del cambio f’sico y los problemas metaf’sicos y l—gicos de lo que es real y lo que es cognoscible. Pero decir esto es simplemente identificar las ‡reas de su desacuerdo con Plat—n, no explicar ese desacuerdo o clarificar su fundamento. Para hacer esto tenemos que entrar en los propios puntos de vista de Arist—teles sobre las cuestiones de la substancia y de la causalidad.
Substancia
Podemos comenzar con la doctrina de la substancia, el tema central de lo que Arist—teles llama Ôfilosof’a primeraÕ, pero uno de los m‡s oscuros y dif’ciles de su pensamiento. El tŽrmino en Arist—teles que es traducido generalmente como ÔsubstanciaÕ es oujsiva, literalmente ÔenteÕ. Pero Žl tambiŽn usa algunos extra–os circumloquios, especialmente to; tiv h\n ei\nai o Ôlo que es el ser una cosaÕ. Esta expresi—n parece muy oscura, pero lo que Arist—teles significa por el Ôlo que es el ser un XÕ es, en cada caso, la respuesta a la pregunta 'ÀquŽ es el ser un X?' -'ÀquŽ es el ser una mesa?', por ejemplo, o, como podr’amos decir, 'ÀquŽ es lo que hace a una mesa m‡s que ninguna otra cosa?'. Pero Àcu‡l es el problema que trata Arist—teles al usar estos tŽrminos? ÀHay en verdad aqu’, uno podr’a preguntar, un problema realmente reconocible? Arist—teles lo crey— as’ ciertamente. El problema central, de hecho, como Žl lo entendi—, es uno cuyos or’genes pueden rastrearse en una filosof’a muy anterior.
El sentido primario y original de oujsiva en griego es propiedad o riqueza: el inglŽs ÔsubstanceÕ se usa en un sentido equivalente en frases como Ôa man of substanceÕ. Pero incluso aunque no hay un uso seguro pre-plat—nico del tŽrmino oujsiva en el sentido filos—fico de ÔenteÕ, la cuesti—n de lo que realmente existe fue ya la materia de una aguda disputa en tiempos de Plat—n. En el siglo quinto hubo un complejo y prolijo debate entre los ele‡ticos y sus oponentes en relaci—n tanto a la validez de los sentidos como a la naturaleza de Ôlo que esÕ; Àpuede decirse que el cambiante mundo de los fen—menos existe, o es la realidad una e inmutable? ÀPodemos aceptar la evidencia de los sentidos o debemos confiar s—lo en la raz—n y el raciocinio? El Camino de la Verdad de ParmŽnides, en particular, es una exploraci—n de lo que podr’a decirse, resulta de la aislada afirmaci—n e[sti, ÔesÕ: en ella Žl neg— la realidad del cambio y la pluralidad, y concluy— que lo que es, es uno e indivisible, y no sujeto ni a devenir ni a destrucci—n.
La ontolog’a de Plat—n es bastante m‡s sutil que la de los ele‡ticos. Se ha afirmado a menudo que sus ideas comparten algo de las caracter’sticas del ente ele‡tico: son inmutables y eternas, y objetos del verdadero conocimiento. Pero Žl no les niega toda realidad a los cambiantes particulares. Es verdad que hay textos en que parece hacer esto al describir s—lo las Formas como reales; pero m‡s a menudo y con mayor precisi—n, habla de dos tipos de ente, uno de lo que es o[ntw" o[n, Ôrealmente realÕ, y otro o[n pw", real s—lo en un sentido secundario. As’, en el Fed—n 79a ss., Žl habla de dos tipos de cosas que son, la especie visible y la especie invisible, y en la Repœblica 479d, describe los muchos particulares como siendo ÔsacudidosÕ entre el ser y el no-ser.
Para ilustrar la distinci—n de Plat—n entre diferentes niveles de ser, podr’amos considerar uno de los m‡s importantes t—picos a los que se aplica, el de valores morales y estŽticos. Aqu’ estaba Žl, por cierto, siguiendo y desarrollando las ense–anzas de S—crates. En los di‡logos tempranos Žl representa a S—crates exigiendo saber quŽ es belleza, o justicia, o coraje, o piedad, y muy a menudo la rŽplica que se le da a S—crates consiste en un ejemplo de cualquier cualidad o virtud que ellos est‡n discutiendo. Cuando eso sucede, S—crates se–ala la distinci—n entre la belleza misma y una instancia particular de ella, e insiste en que dar un ejemplo es una respuesta inadecuada a la pregunta del tipo ÔÀquŽ es la belleza?Õ Si S—crates formul— por s’ mismo una idea clara de quŽ suerte de objetos pudieran ser la belleza, la justicia y el coraje, es sumamente dudoso, pero Plat—n evidentemente comenz— a hacer eso en sus escritos desde el Fed—n y el Banquete en adelante. Al se–alar la distinci—n entre la belleza misma y los particulares bellos, Plat—n a menudo sigue adelante y contrasta a los dos. La belleza misma no es otra cosa que belleza, y es siempre, en todas partes, y para cada cual, lo que es. Pero los muchos objetos particulares bellos tienen otras cualidades adem‡s de lo bello mismo: una mujer bella, por ejemplo, es alta o baja, rubia o casta–a, joven o vieja. Adem‡s, ella puede aparecer hermosa a una persona, pero fea a otra, hermosa en un respecto, pero no en otro, hermosa en un momento pero no en otro, etcŽtera. Y lo m‡s importante, mientras objetos particulares hermosos llegan a ser y son destruidos, la belleza misma permanece sin ser afectada por su suerte. Luego de distinguir la belleza misma de los particulares hermosos hay un peque–o paso, aunque importante, al contrastar los dos con respecto a su estabilidad, o permanencia, o realidad.
La teor’a de las Formas obliga a Plat—n a ver quŽ merece llamarse ÔrealÕ en el m‡s amplio sentido y a ver cu‡l es el m‡s alto tipo de conocimiento. Los particulares tienen una participaci—n en la realidad en tanto cuanto tienen una participaci—n en las Formas, pero estas œltimas, separables e independientes de los particulares, son Ôrealmente realesÕ, y el tipo m‡s alto de conocimiento es el conocimiento de esas entidades trascendentes, para obtener las cuales, se insiste repetidamente, el alma debe actuar en la medida de lo posible por s’ misma, divorciada del cuerpo. La doctrina de la substancia de Arist—teles puede ser vista como una rival de la teor’a de las Formas de Plat—n, y en particular sugiere que deber’amos adoptar una t‡ctica diferente en nuestra bœsqueda del conocimiento. Es verdad que su doctrina es m‡s que una rŽplica a Plat—n, y ciertamente, como lo veremos m‡s tarde, es incierto si Arist—teles pretende proponer una concepci—n œnica, claramente definida y definitiva de substancia. Pero lo que nos interesa por el momento es la luz que su discusi—n de la substancia arroja sobre su reacci—n contra la tesis central de la filosof’a de Plat—n.
Las respuestas de Arist—teles a las preguntas ÔÀquŽ existe realmente?Õ y ÔÀquŽ puede ser conocido?Õ, lo lleva bastante lejos de la teor’a plat—nica de las Formas. Pero aœn en dos respectos al menos Žl sigue a Plat—n bastante estrechamente. (1) Para ambos fil—sofos es la forma la que es cognoscible. Arist—teles es m‡s expl’cito que Plat—n, en que contrasta la forma de cada objeto con su materia. ƒl distingue entre la madera de la que una mesa est‡ hecha, y la forma que la mesa tiene; eso es lo que diferencia una mesa de algœn otro objeto hecho de madera, como por ejemplo una silla. Pero, como Plat—n, considera que es la forma la que hace cognoscible a una cosa. Distinguimos una mesa de una silla por sus formas. Dos mesas idŽnticas son conceptualmente indistinguibles: el simple hecho de que, la misma cantidad de material ha sido usada dos veces en su construcci—n, no nos ayuda a distinguirlas excepto en nœmero. (2) Como Plat—n, una vez m‡s, Arist—teles tiende a asociar ÔsubstanciaÕ o ÔserÕ con eso que es permanente o eso que persiste a travŽs del cambio. Ambos fil—sofos exigen que ÔserÕ deber’a ser inteligible y definible. Estos son puntos importantes de semejanza que indican que Arist—teles sigui— teniendo bastante en comœn con Plat—n, incluso en una parte de su filosof’a en que Žl rechaz— la mŽdula principal de la ense–anza de Plat—n. Pero aunque hay estos parecidos generales entre las ideas de ser de los dos fil—sofos, en otros aspectos sus puntos de vista son fundamentalmente opuestos.
Para Plat—n, los objetos particulares del mundo de la experiencia cotidiana Ôparticipan deÕ las Formas y no son totalmente no-existentes: pero lo que es Ôrealmente realÕ es la Forma en su estado puro. Para Arist—teles, al menos de acuerdo con la doctrina de las Categor’as, ÔsubstanciaÕ es el tŽrmino aplicado primeramente al objeto concreto individual, el complejo de forma y materia, esta mesa, esta silla, S—crates, este espŽcimen de peje-perro, etcŽtera. Segœn su parecer, la forma y la materia son ciertamente distinguibles l—gicamente, pero en la regi—n sublunar al menos, ellas no son distinguibles en el hecho. La forma de una mesa no tiene una existencia separada: ella no existe a no ser en conjunci—n con algœn tipo de materia, madera, metal o m‡rmol. El agregado de las delimitadoras palabras Ôen la regi—n sublunarÕ es necesaria, porque Arist—teles ciertamente habla de forma pura o substancias puras en la regi—n celeste, donde no hay, en todo caso, materia terrestre, ni tierra, agua, aire o fuego alguno. Pero si esto introduce una complicaci—n en su teor’a, en cuanto se refiere a la regi—n sublunar, la teor’a en s’ misma es bastante clara. La doctrina de las Categor’as establece que es el individual compuesto de forma m‡s materia, por ejemplo, S—crates o Calias, el que es substancia en un sentido primero; mientras el gŽnero, animal, y la especie, hombre, son substancia en un sentido secundario. En las Categor’as, puede decirse en efecto que Arist—teles ha revertido el orden de prioridades que Plat—n estableci— cuando distingu’a entre dos tipos de ser en el Fed—n, e insist’a que las Formas invisibles -que son comparables con los gŽneros y las especies de las Categor’as de Arist—teles- son ambas primeras y superiores a los particulares visibles, tales como S—crates o Calias o esta mesa.
Podemos apuntar a un contraste mayor entre los dos fil—sofos en sus descripciones del ser Àpero hasta d—nde podemos llegar para explicarlo o aclararlo? Talvez no muy lejos. Pero parece posible asociar sus diferentes concepciones de forma, hasta cierto punto, con sus diferentes intereses. Por quŽ Plat—n Ôsepar—Õ las Formas no es, indiscutiblemente, el tipo de pregunta a la que podr’amos nosotros jam‡s dar, o jam‡s esperar, una completa y definitiva respuesta. Las influencias conocidas en el desenvolvimiento del pensamiento de Plat—n son extremadamente complejas, y hay indudablemente otras cosas de las que permanecemos ignorantes. Pero un factor m‡s importante, ciertamente, fue la necesidad de encontrar una respuesta a aquellos que argumentaron que la moralidad es solamente una materia de convenci—n y no tiene una base natural, objetiva -el punto de vista que Plat—n mismo asocia con el sofista Prot‡goras en el Teeteto, por ejemplo. Que la teor’a de las Formas no es el œnico posible contrario al relativismo moral sofista, puede verse del hecho de que Arist—teles mismo escogi— una l’nea de defensa diferente. Como se descubrir‡ cuando discutamos su Žtica, Žl rechazo tanto la tesis que lo correcto e incorrecto son meramente relativos, como la tesis de que hay en cada caso una Forma œnica correspondiente a justicia, el Bien, etcŽtera. Pero para Plat—n el insistir que la justicia es no s—lo distinta de los actos particulares justos, sino de un tipo bastante diferente de ellos, una entidad separada e independiente, fue, un modo, y ciertamente un modo muy dram‡tico, de expresar su convicci—n de que, concŽdase lo que se conceda al argumento que un acto justo particular pudiera aparecer justo a una persona pero injusto a otra, la justicia misma debe sin embargo existir, y debe haber normas morales objetivas.
En su rechazo de las Formas independientes ÔhipostasiadasÕ, Arist—teles estuvo en parte motivado, segœn su propio testimonio, por consideraciones l—gicas. Muchos de los argumentos que aport— contra los plat—nicos en la obra Sobre las Formas est‡n basados en su an‡lisis de la predicaci—n. ƒl insisti— que todo lo que tales argumentos como Ôel uno sobre lo mœltipleÕ establec’an era que, un predicado comœn, es distinto de los mœltiples particulares de los que Žste es predicado. Pero mientras nosotros podr’amos y deber’amos distinguir el universal de los particulares concretos, fue, segœn su parecer, tan innecesario como superfluo el atribuir existencia separada a los universales.
En segundo lugar, estuvo en desacuerdo con Plat—n sobre la cuesti—n epistemol—gica de c—mo deber’amos iniciar la adquisici—n del conocimiento de la Forma. Aunque Plat—n crey— que los particulares pueden, bajo ciertas circunstancias, estimular el alma a recordar la Forma, enfatiz— repetidamente el contraste entre, por una parte, la opini—n verdadera, que se deriva de la percepci—n sensorial y que es el mejor estado de intelecci—n que podemos alcanzar en relaci—n a los particulares, y por otra, el conocimiento, que tiene como sus objetos las Formas, y que el alma adquiere a travŽs del raciocinio y el recuerdo. Pero si el punto de vista de Plat—n fue que nosotros deber’amos dirigir la mirada del alma lejos de los particulares para contemplar las Formas, Arist—teles por el contrario, insiste que nosotros deber’amos investigar la forma general estudiando primero los casos particulares de ella. Deber’amos proceder del particular al general, porque es el particular el que es Ômejor conocido por nosotrosÕ.
Podr’amos decir aqu’ que el punto de vista de Arist—teles es lo que el sentido comœn podr’a indicar. Pero parece posible ser m‡s espec’fico que eso. Su doctrina de que el particular proporciona el punto de partida de nuestra investigaci—n de la forma general, no es una soluci—n meramente te—rica a un problema l—gico. Ella proporciona la base de un sistema pr‡ctico en sus efectivas investigaciones, tanto en las ciencias sociales como en las naturales. Para el naturalista, en particular, el espŽcimen individual es la personificaci—n de la especie, es decir, la forma: la palabra en griego es la misma, ei\do". La especie se compone de sus miembros individuales, y es a travŽs de ellos que ella se perpetœa. Esta a su vez permite que se establezcan l’mites entre las varias especies de animales y plantas, donde, por contraste, en Žtica o pol’tica, en actos justos o valerosos, o en constituciones democr‡ticas u oligarcas, no forman en absoluto especies claramente delimitables, menos aœn autoperdurables. El naturalista puede, y debe en verdad desconfiar de las peculiaridades de cualquier espŽcimen particular. Pero los espec’menes individuales, tomados en conjunto, proporcionan evidentemente su fuente total de informaci—n directa sobre las especies. Las propiedades y caracter’sticas de una especie particular de animal o planta no pueden, en la pr‡ctica, ser deducidas por mŽtodos de razonamiento a priori. El naturalista no tiene otra opci—n que proceder segœn el modo en que Arist—teles sugiere que el fil—sofo en general deber’a proceder.
Algunos aspectos de la ontolog’a y epistemolog’a, que Arist—teles desarroll— en oposici—n a la teor’a de las Formas, podr’a ser asociado con sus intereses en las ciencias naturales. La necesidad de un sistema alternativo epistemol—gico debe haberse hecho sentir en ese campo especialmente. Pero son necesarias dos precauciones. Primeramente, su rechazo de las Formas no deber’a verse como una consecuencia directa de sus detalladas investigaciones en F’sica y Biolog’a. Mientras que el efecto de esas investigaciones fue indudablemente el confirmarlo en su rechazo de la epistemolog’a de Plat—n, las principales objeciones que Žl tuvo que hacer contra la teor’a son generales, y deben habŽrsele ocurrido mucho antes que la mayor parte de sus extensas investigaciones en campos tales como la zoolog’a se hubieran llevado a cabo.
En segundo lugar, la diferencia entre los dos fil—sofos no deber’a ser interpretada como un contraste absoluto entre, por una parte, un investigador de hechos y, por otra, un moralista dogm‡tico. Porque, antes que nada, Arist—teles est‡ bastante dispuesto a exhortar y persuadir en parte de sus obras Žticas y pol’ticas. Por otra parte, su ciencia, contrariamente a la ciencia moderna, est‡ impregnada de una teolog’a que tiene fuertes tonalidades Žticas, y uno de sus principales motivos para investigar la naturaleza es revelar el orden y finalidad de los cambios naturales. Adem‡s Plat—n, por su parte, demuestra a menudo su habilidad como observador, particularmente como un observador de la naturaleza humana, y muestra un interŽs creciente en las ciencias naturales, especialmente en el Timeo. Pero aunque el contraste entre Plat—n y Arist—teles est‡ lejos de ser absoluto, hay una clara distinci—n en sus mŽtodos, en la importancia relativa que ellos atribuyen a los particulares y el ejemplo concreto. Arist—teles insiste en que el punto de partida de la indagaci—n, tanto en la investigaci—n de la naturaleza como en el estudio de la Žtica y la pol’tica, son los particulares, y lo que Žl llama ta; fainovmena. La interpretaci—n de este tŽrmino proporciona una importante comprensi—n de su mŽtodo. Aunque en ciertos contextos la traducci—n Ôfen—menosÕ no es inapropiada, el tŽrmino griego es m‡s vago y m‡s general que el espa–ol. Abarca bastante m‡s de lo que podr’amos llamar los hechos observables: puede, y a menudo de hecho incluye, las opiniones comœnmente sostenidas, e[ndoxa, y lo que se dice o se piensa acerca de un sujeto, legovmena, e incluso las implicaciones del modo en el que los tŽrminos se usan. La recomendaci—n para consultar los fainovmena, ocurre en varios pasajes en Arist—teles, tanto en tratados f’sicos como Žticos, y esto ciertamente nos permite distinguir su mŽtodo del de Plat—n. Aunque el alcance del mŽtodo que Arist—teles recomienda es lo que podr’amos llamar emp’rico, no se le deber’a exagerar, pues bajo ta; fainovmena Žl incluye no s—lo los resultados de sus propias y extensas investigaciones en las ciencias biol—gicas y sociales, sino tambiŽn las opiniones recibidas sobre cualquier asunto que est‡ en discusi—n.[8]
Causalidad
La doctrina de la substancia de Arist—teles es un t—pico que clarifica los motivos principales de su reacci—n contra la filosof’a de Plat—n. Otro, es su doctrina de la causalidad. Ya hemos se–alado una objeci—n expl’cita de Arist—teles, en la Metaf’sica, que las Formas plat—nicas no causan ni movimiento ni cambio, pero una de las caracter’sticas sorprendentes de esta acusaci—n es la que se relaciona espec’ficamente con el campo de la f’sica. Es interesante, entonces, comparar el papel que Arist—teles mismo asigna a la forma en su explicaci—n del cambio natural. Pero tenemos que delinear primeramente, los principios en que se basa esta explicaci—n, y en particular, las dos famosas doctrinas de las cuatro causas y del acto y la potencia. Los textos aqu’ vienen en su mayor’a de los dos primeros libros de la F’sica.
En F’sica I, la propia doctrina de Arist—teles acerca de la causalidad, se desarrolla, t’picamente, contra el trasfondo de una discusi—n de las ideas de sus predecesores. ƒl nota la persistencia, en el pensamiento temprano, de la opini—n que el cambio tiene lugar entre opuestos de un tipo u otro, y esta provee el fundamento de su propia teor’a general de la forma, ei\do", y privaci—n, stevrhsi". El cambio tiene lugar entre un par de opuestos, tales como caliente y fr’o, uno de los que cuales representa la ÔformaÕ, el otro la Ôprivaci—nÕ. Pero un factor adicional es necesario adem‡s de los opuestos, espec’ficamente, aquello que est‡ sujeto a, o experimenta, el cambio: to; uJpokeivmenon o ÔsubstratoÕ. Hervir una tetera implica no s—lo un cambio de fr’o o caliente, sino tambiŽn algo que cambia, el agua, que es primero fr’a y luego caliente. El agua, entonces, puede ser llamada al ÔsubstratoÕ del cambio en este ejemplo. Pero aunque no es demasiado enga–oso decir que es agua la que cambia en el ejemplo de la tetera hirviendo, el agua misma posee naturalmente ciertas cualidades, y podemos, si queremos, llevar m‡s lejos nuestro an‡lisis l—gico. Si lo hacemos, encontraremos que lo que es el ÔsubstratoÕ en el sentido m‡s estricto, es una abstracci—n, una materia sin cualidad. Hasta aqu’, entonces, hemos identificado dos tipos de causa, (1) forma -siendo el cambio ya sea de la forma a la privaci—n, o viceversa- y (2) materia o el substrato. Pero entonces, construyendo una vez m‡s sobre ideas cuyos or’genes pueden ser trazados en una filosof’a anterior, Arist—teles a–ade dos tipos adicionales de causa, la causa motriz o eficiente, y la causa final.
Las cuatro causas son, entonces, forma, materia, causa motriz y causa final. QuŽ entiende Arist—teles por estas, puede verse en los siguientes ejemplos. T—mese primero un ejemplo de producci—n artificial, la confecci—n de una mesa. Para dar una explicaci—n de esto, deben mencionarse cuatro factores. Primero, materia, pues la mesa ha sido hecha de algo, generalmente madera. Segundo, forma, pues la mesa no es precisamente cualquier trozo de madera, sino madera con una cierta conformaci—n. Tercero, causa motriz, pues la mesa fue hecha por alguien, el carpintero. Cuarto, causa final, pues cuando el carpintero hizo la mesa, la hizo con un prop—sito, proporcionar una superficie elevada y plena que pudiera ser usada para escribir sobre ella o comer. Del mismo modo, en un ejemplo levemente m‡s complicado, la construcci—n de una casa, las cuatro causas son: (1) los ladrillos, la mezcla, madera y piedras que son usados en su construcci—n; (2) el ordenamiento de esos materiales componentes de una cierta manera; (3) el constructor, o como Arist—teles a veces lo dice, el arte de la construcci—n; y (4) el prop—sito que el constructor ten’a en mente, proporcionar un refugio capaz de ser usado como habitaci—n humana. Si consideramos un ejemplo sacado de la naturaleza, se aplica un an‡lisis similar. Tomemos la reproducci—n de una especie de animales, por decir, el hombre. La materia, Arist—teles cree, es suministrada por el elemento femenino, la madre. La forma es el car‡cter espec’fico del hombre y lo que lo hace diferente de otros animales: la definici—n comœn acadŽmica, que Arist—teles usa aœn muy a menudo, fue animal racional b’pedo. La causa motriz es proporcionada por el padre: de acuerdo con Arist—teles, el semen no contribuye a la materia del embri—n, que proviene totalmente de la madre, sino que sirve solamente para activar o informar esa materia. Por œltimo, la causa final es el fin hacia el cual el proceso es dirigido, el hombre perfecto, totalmente desarrollado.
Arist—teles cree que estos cuatro factores deber’an ser tomados en cuenta cuando se considerara cualquier tipo de cambio. Los cuatro son siempre distinguibles l—gicamente. Pero es f‡cil ver que, aunque l—gicamente distinguibles, no son siempre distinguibles de hecho. En particular, la materia es contrastada a menudo con las otras tres causas tomadas en conjunto. En la reproducci—n de los animales, por ejemplo, la materia es colocada aparte, pero la causa formal, la causa motriz y la causa final est‡n todas personificadas en diferentes maneras por el animal macho maduro. Es el hombre totalmente desarrollado el que posee la forma de hombre, que -como el padre- proporciona la causa motriz en el proceso de reproducci—n, y que, -como el hombre maduro en el que el joven ni–o crece- es el fin hacia el que el proceso se dirige.
La relaci—n entre esas tres causas es particularmente importante si queremos comprender las cr’ticas de Arist—teles de la doctrina de la Forma de Plat—n. En tales casos de producci—n artificial como la construcci—n de una mesa, el carpintero es obviamente externo al objeto que Žl hace: y la causa final, el uso que la mesa cumple, puede considerarse como el producto de la deliberaci—n consciente del operario. En el llegar a ser natural, sin embargo, la causa final o fin es inmanente en el objeto mismo, el animal o planta vivos y en crecimiento. El tema de la teleolog’a de Arist—teles ser‡ retomado de nuevo m‡s adelante, pero tres puntos son aqu’ relevantes. Primero, Žl estaba bien enterado de que no hay un prop—sito consciente en la naturaleza. En un importante pasaje en la F’sica (199b 26ss), Žl considera una objeci—n que podr’a ser hecha a su concepci—n de la causa final en la naturaleza, a saber, que la naturaleza no delibera. Aqu’ Žl concede que la naturaleza de hecho no delibera, pero mantiene sin embargo que uno puede hablar de ÔfinesÕ en la naturaleza, o de Ôeso en vistas de lo cualÕ un proceso natural tiene lugar. Segundo, Žl no sostiene que la naturaleza cumple sus fines como una regla absoluta sin excepci—n, sino s—lo como una regla general: los procesos naturales, como a menudo lo dice, tienen lugar Ôsiempre o en su mayor parteÕ. Tercero, si alguien pregunta por quŽ Žl sigui— creyendo en causas finales en la naturaleza, a pesar del hecho de que la naturaleza no delibera, su motivo principal para hacerlo as’ es simplemente la regularidad de los cambios naturales. Primeramente, los movimientos de los cuerpos celestes proporcionan un modelo de regularidad y uniformidad; hay uniformidad, tambiŽn, en la reproducci—n de las especies naturales, en el hecho de que cada clase produce su propia clase, el hombre generando al hombre y el caballo al caballo; y deber‡ encontrarse regularidad tambiŽn en los movimientos naturales de los cuatro elementos, la tierra siempre cayendo y el fuego siempre elev‡ndose cuando nada impide su movimiento. Estos eran, entonces, algunos de los principales motivos para su creencia que la naturaleza como un todo no es sin prop—sito ni azarosa, sino que exhibe orden y regularidad, y si orden y regularidad, entonces ÔfinesÕ, aunque no fines conscientes.
El contraste con Plat—n se hace evidente cuando comparamos las causas finales y eficientes de Arist—teles con el dhmiuorgov" o Artesano de Plat—n. Aunque Arist—teles se–ala que la naturaleza no delibera, Žl compara a menudo la actividad de la naturaleza con la de los ordinarios artesanos, y muchas de las met‡foras y comparaciones que Žl usa en este contexto recuerdan fuertemente las encontradas en el Timeo. Sin embargo, hay una importante diferencia entre los dos fil—sofos, en el hecho de que Arist—teles va m‡s lejos que Plat—n en hacer expl’cito su sentido literal. No podemos estar seguros de la fuerza de muchas de las met‡foras tecnol—gicas de Plat—n. Obviamente, no deber’amos presionar la interpretaci—n literal de sus descripciones del Artesano: pues hacer eso ser’a culpar a Plat—n de un antropomorfismo vulgar del cual Žl no fue ciertamente culpable. Sin embargo, lejos est‡ de aclararse c—mo deber’amos entender las im‡genes que usa para trasmitir su idea de la fuerza creativa en acci—n en la cosmolog’a, o quŽ explicaci—n deber’amos dar de la relaci—n entre el Artesano y el alma del mundo. Arist—teles, por otra parte, niega expl’citamente que la naturaleza delibera conscientemente, y Žl reconoce claramente que sus met‡foras son met‡foras. ƒl dice repetidamente que la naturaleza no actœa sin un objetivo, e incluso, en ocasiones compara gr‡ficamente la naturaleza con un pintor, un modelador o algœn otro tipo de artesano. Pero deja en claro que Žl no postula una mente divina controlando los cambios naturales desde afuera. Por el contrario, los objetos naturales tienen sus ÔfinesÕ dentro de s’ mismos. La tierra busca naturalmente su lugar propio, y el joven ni–o se desarrolla como hombre.
Potencia y Acto
El ejemplo del crecimiento natural proporciona el paso al pr—ximo aspecto importante del an‡lisis del cambio de Arist—teles, la doctrina de la potencia, duvnami" y acto, ejnevrgeia. La doctrina de las cuatro causas, podr’a decirse, proporciona un resumen de los factores que Arist—teles cree que tienen que ser tomados en cuenta al describir cambios naturales o artificiales. Pero Žl tambiŽn analiza el cambio de otro modo cuando pone mucho mayor Žnfasis en los aspectos din‡micos del proceso de cambio. Si los m‡s claros ejemplos para ilustrar las distinciones entre las cuatro causas provienen de la producci—n artificial, las nociones de potencia y acto son vistas mejor en el caso del crecimiento natural. La semilla del ‡rbol es ÔpotencialmenteÕ el ‡rbol maduro: es ÔpotencialmenteÕ, como dice Arist—teles, lo que el ‡rbol maduro es ÔactualmenteÕ. Esta doctrina pone atenci—n en la continuidad del cambio natural. Los objetivos hacia los que los cambios naturales est‡n dirigidos, son los fines de procesos continuos. Pero mientras las ideas de potencia y acto son obviamente relevantes en este camino hacia el crecimiento natural, Arist—teles generaliza la doctrina y la aplica igualmente a otros tipos de cambio. Un trozo de madera en una tienda de carpintero es potencialmente una mesa, o una silla, o un escritorio. Una pieza de m‡rmol en el estudio de un escultor es potencialmente el Apolo de Belvedere o la Venus de Milo. En cada instancia es la relativamente informe materia, la madera o el m‡rmol sin figura, que puede decirse que poseen potencia. Materia sin cualidad, la abstracci—n, es pura potencialidad. Pero una materia relativamente informe posee potencialidades en diferentes sentidos y en grados diferentes. Podemos notar, por ejemplo, los diferentes sentidos en que una semilla es potencialmente un ‡rbol, y un trozo de madera es potencialmente una mesa, o asimismo, aquellos en que un hombre joven es potencialmente un hombre, y tierra, agua, aire y fuego son potencialmente un hombre, y en verdad Arist—teles mismo, llama la atenci—n sobre las diferencias en el sentido de potencia en tales casos. La forma y la causa final son encontradas en el producto final de los cambios naturales y artificiales. Pero la doctrina de la potencia permite a Arist—teles sugerir, que incluso la relativamente informe materia es potencialmente lo que el producto final es actualmente. La forma no es algo trascendente y separado, como hab’a sido para Plat—n, sino algo que es gradualmente adquirido y puesto en acto durante el proceso de cambio.
Antes de dejar la doctrina de la potencia y el acto, puedo hacer notar que adem‡s de proporcionar un ejemplo interesante del contraste entre la noci—n de formas de Plat—n y Arist—teles, esta doctrina fue la base de la soluci—n de Arist—teles al problema propuesto mucho antes por ParmŽnides cuando neg— la existencia del cambio. El argumento de ParmŽnides es a veces representado en nuestras fuentes secundarias, aunque no en su poema mismo, en la forma de un dilema. ÀC—mo puede decirse que algo llega a ser? No se puede decir que llega a ser ni (1) desde lo que no es, puesto que es totalmente no-existente, ni (2) desde lo que es, porque entonces no llega a ser, sino que ya es. El primer paso hacia la clarificaci—n de este problema fue dado por Plat—n en el Sofista (255 e ss.), cuando explicaba el sentido de Ôlo que no esÕ, y mostraba que uno puede decir de algo que Ôno es XÕ, significando que es diferente de X, sin negar que esa cosa existe. Aunque el problema de c—mo dar cuenta del cambio y el devenir sigui— aœn siendo un problema, incluso despuŽs que Plat—n hubo establecido ciertas distinciones entre los usos del verbo ÔserÕ. Fue Arist—teles, en efecto, el que primero hizo las paces con Žl. Sostuvo, precisamente tal como ParmŽnides y la mayor’a de los otros fil—sofos griegos lo hab’a hecho, que el devenir en sentido absoluto es imposible. Nada llega a ser desde lo que es totalmente inexistente. Pero las cosas pueden sin embargo llegar a ser en un sentido relativo, como cuando una semilla llega a ser un ‡rbol, o de un trozo de madera se hace una mesa. En estos casos podr’a decirse que el ‡rbol y la mesa llegan a ser, pero llegan a ser no de la nada, lo totalmente inexistente, sino de algo -la semilla, la madera- que es potencialmente lo que el producto final es actualmente. En cada caso, el sustrato adquiere una nueva forma. Si un ele‡tico preguntara, entonces, si un ‡rbol lleg— a ser desde lo que es o desde lo que no es, un ‡rbol, la respuesta ser’a que en un sentido la semilla es el ‡rbol -esto es, es potencialmente un ‡rbol -pero en un sentido no es- no es actualmente un ‡rbol.
El punto focal de la reacci—n de Arist—teles contra la filosof’a de Plat—n es su rechazo de la teor’a de las Formas. Esta teor’a es criticada desde varios puntos de vista diferentes. Como un l—gico, Arist—teles ofrece un an‡lisis de predicaci—n diferente. Como un ont—logo y un epistem—logo, sostiene en las Categor’as que es el particular concreto, no el universal, aquello que es substancia en sentido primero, y esto proporciona el punto de partida en nuestra investigaci—n de la forma. En tercer lugar, como un f’sico, se–ala que las formas separadas y trascendentes son inœtiles para responder por el cambio y el devenir. Las formas plat—nicas pertenecen al mundo del ser inmutable. Pero el estudio del cambio, sostiene Arist—teles, implica la investigaci—n de la forma en los objetos cambiantes del mundo del devenir. Donde Plat—n dirig’a primeramente la atenci—n del fil—sofo, si no exclusivamente, al estudio del ser inmutable, la visi—n de Arist—teles redim’a la f’sica como un objeto adecuado de las investigaciones del fil—sofo.
La reacci—n de Arist—teles contra el platonismo refleja, sobre todo, su interŽs y su estimaci—n de la importancia del mundo de la naturaleza. Incluyendo no s—lo los inmutables cuerpos celestes, sino tambiŽn los objetos cambiantes del mundo sublunar. Al final, Žl iba a criticar las teor’as de Plat—n en much’simos contextos diferentes. En la Etica rechaza en particular la relevancia de la Forma del Bien, adem‡s de estar en desacuerdo con Plat—n en muchos puntos de la teor’a Žtica, como por ejemplo, en la naturaleza de la virtud o la del placer. En la Pol’tica, critica con algœn detalle las recomendaciones pol’ticas de la Repœblica y las Leyes. En los tratados f’sicos, psicol—gicos y biol—gicos, frecuentemente comenta -no siempre en forma desfavorable, por supuesto- sobre aspectos de la cosmolog’a de Plat—n o de las ciencias naturales del Timeo. A pesar de sus desacuerdos con Plat—n, y sus cr’ticas a menudo ‡cidas y a veces m‡s bien injustas tanto de Plat—n como de los Platonistas, Žl sigue compartiendo algunas ideas importantes con su maestro. ƒl cree que es la forma universal la que es cognoscible -y esta noci—n, cuando combinada con su creencia de que los particulares concretos son substancia en el primer sentido, deja abierto un problema mayor en su filosof’a. Y en segundo lugar Žl cree, como Plat—n, que el mundo como un todo, y los cambios naturales en particular, exhiben orden y finalidad. A pesar de su rechazo de la doctrina clave de las Formas trascendentales, Žl se mantiene en ciertos aspectos profundamente en deuda con Plat—n, no s—lo en cuestiones particulares de detalle sino tambiŽn en ciertos problemas fundamentales. Emergi— de su preparaci—n en la Academia como un pensador cr’tico e independiente, con intereses que abarcaban una variedad mucho m‡s amplia de temas que los que hab’an ocupado la atenci—n de Plat—n. Pero, como veremos, cuando consideremos sus teor’as, tema por tema, las semejanzas entre los dos fil—sofos son a menudo tan notables como sus diferencias.
[1] Aristotle: The Growth & Structure of his Thought Cambridge University Press 1968
[2] Esto ha sido indicado por Ingemar DŸring, quien ha reunido los testimonios concernientes a la vida de Arist—teles en Aristotle in the Ancient Biographical Tradition, Acta Universitatis Gothoburgensis LXIII, 2, Gšteborg, 1957.
[3] Dos de los m‡s importantes primeros estudios fueron el art’culo de H. D. P. Lee, "Place-names and the date of Aristotle's biological works", Classical Quarterly XLII, 1948, pp. 61-7, y el libro de F. Nuyens, L'ƒvolution de la psychologie d'Aristote (trad. A. Mansion), Lovaina, 1948. A Portrait of Aristotle, de Marjoree Grene, Londres, 1963, contiene una viva discusi—n de los problemas que enfrentan los estudios del desarrollo, y en el mismo a–o aparecieron dos art’culos que hac’an un balance de los progresos de la investigaci—n en el problema: el de A.-H. Croust, "The first thirty years of modern Aristotelian scholarship", Classica et Mediaevalia XXIV, 1963, pp. 27-57, y el de F. Dirlmeier, "Zum gegenwŠrtigen Stand der Aristoteles-Forschung", Wiener Studien LXXVI, 1963, pp. 52-67. Estos, y el de I. DŸring, Aristoteles: Darstellung und Interpretation seines Denkens, Heildelberg, 1966, contiene extensivas referencias bibliogr‡ficas sobre el tema.
[4] M‡s arriba se ha hecho referencia al libro de Nuyens. Los otros estudios mencionados en este par‡grafo son, el de I. Block, "The order of Aristotle's psychological writings", American Journal of Philology LXXXII, 1961, pp. 50-77, y el de W. F. R. Hardie, "Aristotle's treatment of the relation between the soul and the body", Philosophical Quarterly XIV, 1964, pp. 53-72.
[5] La literatura que trata estos problemas presentados por estas obras es muy extenso. Entre las discusiones de m‡s utilidad en InglŽs son, de O. Gigon, "Prolegomena to an edition of the Eudemus", en Aristotle and Plato in the mid-fourth century, editado por I. DŸring y G. E. L. Owen, Gšteborg, 1960, pp. 19-33, de I. DŸrring, Aristotle's Protrepticus, an attempt at reconstruction, Gšteborg, 1961, y de A.-H. Croust, "Eudemus or on the Soul: a lost dialogue of Aristotle on the inmortality of the soul", Mnemosyne 4th ser. XIX, 1966, pp. 17-30. La discusi—n entre C. de Vogel y DŸring en la cuesti—n "Did Aristotle ever accept Plato's Theory of Transcendent Ideas" en nœmeros consecutivos de Archiv f�r Geschichte der Philosophie XLVII, 1965, pp. 261-98 y XLVIII, 1966, pp. 312-16, ilustra el grado de desacuerdo que todav’a existe en esta materia. El estudio m‡s reciente que est‡ dedicado a los escritos exotŽricos en su conjunto es el de E. Berti, La Filosofia del primo Aristotele, Padua, 1962.
[6] El texto inglŽs usa "form" (aristotŽlica), y "Form" (plat—nica), que se ha traducido por "forma", que es aqu’ equivalente a "idea". Simplicio reporta ei\do" (N. del T.).
[7] Algunos estudiosos podr’an argumentar que algunas de tales obras, incluyendo Sobre las Formas y Sobre la Filosof’a, fueron compuestas incluso antes del Eudemo y el ProtrŽptico. Mientras que este punto de vista es posible, me parece m‡s probable que las œltimas dos obras fueron escritas antes de que Arist—teles hubiera formulado sus principales objeciones a la doctrina central de la ontolog’a de Plat—n.
[8] El significado del tŽrmino fainovmena en Arist—teles ha sido examinado por G. E. L. Owen en su reciente e iluminadora discusi—n sobre la sentencia tiqevnai ta; fainovmena en Aristote et les probl�mes de mŽthode, Lovaina y Par’s, 1961, pp. 83-103.