Ideas griegas sobre el alma y la divinidad: Un an‡lisis de la doctrina aristotŽlica.

 

 

Oscar  Vel‡squez

 

 

Alma y Dios: La correspondencia profunda de dos tem‡ticas afines

              Es indudable que la cultura occidental ha recibido tambiŽn de los griegos las nociones b‡sicas de aquello que entendemos por alma; y si bien no es f‡cil enmarcar los conceptos que fundamentalmente la constituyen, se puede decir, al menos, que alma est‡ en ’ntima conexi—n con la vida, la conciencia, y el movimiento aut—nomo. El mismo Arist—teles habr‡ de reunir a su vez en tres aspectos esenciales la caracterizaci—n del alma, conforme al testimonio de sus antecesores fil—sofos, a saber, Òque todos definen al alma por el movimiento, la sensaci—n y la incorporeidadÓ.[1]  Al ser que manifiesta aquellos rasgos o posee esta realidad an’mica llamamos vivo, sea cual sea su calidad, aunque la conciencia, en cuanto se–ala una propiedad espiritual de reconocerse a s’ mismo, suponemos que es una cualidad m‡s propiamente humana y superior. Estas notas distintivas fueron las que, por lo general, los griegos consideraron relacionadas en el concepto de alma, o de hecho conectaron entre s’ desde los tiempos mismos de la literatura homŽrica; pero la significaci—n de alma estuvo ’ntimamente relacionada con el desarrollo de ideas en torno a la naturaleza del hombre, tema que alcanz— especial vitalidad a partir del siglo V a. C. en toda la HŽlade, y que concit— el interŽs no solo de los fil—sofos sino, entre otros, de poetas y mŽdicos. En medicina, por ejemplo, alcanzaron especial importancia aspectos del alma en su relaci—n con antiguas creencias sobre la sangre como elemento vital, o teor’as sobre la localizaci—n de la actividad intelectual, que para EmpŽdocles, por ejemplo, estaba en la sangre que circulaba alrededor del coraz—n. Para Plat—n, en cambio, que en el Timeo revela una gran influencia de la llamada escuela mŽdica siciliana, la parte inmortal del alma –que es a su vez la que ejerce la actividad propiamente intelectual y que se supone inmortal– est‡ localizada en el cerebro, es decir, en una cierta mŽdula cerebral.

            Ahora bien, esta capacidad, que suponemos espiritual, del entendimiento humano para reconocerse a s’ como un ser vivo –y que es sin—nimo de conciencia– est‡ en el origen mismo de la actividad intelectual, y fue en buena hora identificada como un poder divino en el hombre, el principio primero de su condici—n humana, y la semilla implantada en el gŽnero humano como se–al de su parentesco con la divinidad. Esto era psykhŽ, ÔalmaÕ, o m‡s espec’ficamente, nožs, Ôentendimiento o intelectoÕ. En pocas palabras, un dicho de Eur’pides compendiaba el sentir de la Žpoca cuando afirmaba: ÒPorque la mente (nožs) es en cada uno de nosotros un diosÓ.[2] Plat—n, por su parte, inaugura una v’a indeleble de investigaci—n sobre la realidad espiritual, cuando relaciona el alma con Òlo-en-s’-mismoÓ (aut˜ taut—, Alcib’ades 129b), y le concede a esta un car‡cter hegem—nico que le permite mandar sobre el resto de toda la actividad del ser humano. Una famosa afirmaci—n –que fue una y otra vez analizada y discutida desde la antigŸedad–, hab’a definido al hombre como Òno otra cosa que almaÓ,[3] Esta idea, de que el hombre es su propia alma, pretende calificar al ser humano precisamente por aquello que ejerce en Žl una actividad de dominio sobre las partes que constituyen su composici—n org‡nica. Al dominar, a su vez, el alma se constituye en ese en-s’-mismo que es, para Plat—n, la esencia inteligible del hombre. Ahora bien, como el di‡logo Alcib’ades (que algunos autores, en especial del siglo XIX lo consideraron entre los di‡logos dudosos, a mi juicio, por razones poco convincentes) trata fundamentalmente del con—cete a ti mismo socr‡tico, tiene entre sus objetivos mostrar el verdadero significado de la m‡xima. Su conclusi—n es que, cuando el dios nos exhorta a conocernos a nosotros mismos, nos est‡ invitando a conocer nuestra propia alma. Ella es, precisamente nuestro verdadero self, y siendo el dios el que habla, es por eso mismo el dios el garante de nuestro auto-conocimiento.

           

                                  

La cuesti—n del alma humana en Arist—teles

            Est‡ fuera de toda duda que la obra clave para el estudio del alma en Arist—teles es el De anima, redactado en el œltimo per’odo de su vida. Pero en una perspectiva de crecimiento y desarrollo del pensamiento del fil—sofo es conveniente considerar, aunque sea sumariamente, el Eudemo y el ProtrŽptico, dos obras que sobrevivieron para nosotros en estado fragmentario, y fueron escritas en el per’odo temprano en que Arist—teles estudi— y ense–— en la Academia de Plat—n en Atenas. Estos textos invitan a reflexionar acerca de la presencia de ciertos conceptos en el mundo griego inmediatamente anterior a la muerte de Plat—n, acaecida el 347 a. C. Estas ideas tendr‡n tambiŽn su propia historia, aunque Arist—teles ha de seguir un camino en parte independiente en su obra m‡s tard’a Sobre el Alma. Interesa destacar al menos dos aspectos en el Eudemo (o Acerca del Alma), y es que Arist—teles considera aqu’,, en una perspectiva platonizante, que el verdadero estado del alma es el de separaci—n de su cuerpo, porque, dice, Òla vida sin el cuerpo, puesto que es natural a las almas, se parece a la salud, y la vida en el cuerpo, puesto que no conforme a naturaleza, es como una enfermedadÓ.[4] La inmortalidad del alma, por otra parte, es defendida aqu’ en tŽrminos que recuerdan el Fed—n de Plat—n, puesto que, entre otras cosas se ataca la opini—n de que el alma es armon’a, ya que el alma, dice, Òes anterior al cuerpo, pero la armon’a es posteriorÓ; y para confirmar su aserto, insiste nuevamente en que: ÒSi la desarmon’a del cuerpo es enfermedad, fealdad o debilidad, se deber’a considerar la armon’a del cuerpo como belleza, salud, vigor, no alma. . .Ó.[5] Estas ideas parecen confirmarse en el ProtrŽptico, una bella obra de exhortaci—n a la filosof’a, conservada en forma fragmentaria gracias al hecho de haber sido imitada muy de cerca por el  fil—sofo sirio Y‡mblico (245-c. 325 d. C), de cuyo compendio de filosof’a pitag—rica, escrita en griego, sobreviven los cuatro primeros libros –entre los que est‡ su propio ProtrŽptico–, del que los estudiosos han discernido partes de la perdida obra de Arist—teles. Es sabido, adem‡s, que esta obra aristotŽlica fue tambiŽn imitada por Cicer—n, en el Hortentius –del que se conservan tambiŽn solo fragmentos–, y de cuya fama sabemos por san Agust’n, quien lo ley— a la edad de diecinueve a–os. Su lectura le produjo tal conmoci—n interior que, segœn Žl mismo cuenta, Òaquel libro cambi— mis sentimientos, y hacia ti mismo, Se–or, cambi— mis ruegos, y transform— mis promesas y deseosÓ.[6] Agust’n destaca el tema de Òla inmortalidad de la sabidur’aÓ, sin duda un punto central, que se–ala, en primer lugar, el valor imperecedero de los objetos supremos del alma, es decir, de la raz—n y la inteligencia; por otra parte, esta misma sabidur’a, se convierte en el objetivo superior de toda vida que aspira a la verdadera felicidad. El ProtrŽptico se–ala, as’, que no hay funci—n (ergon) mejor del pensamiento o de la parte inteligente del alma que la adquisici—n de la verdad, una verdad que es, efectivamente, Òla funci—n suprema (kyri—taton ergon) de esta regi—n del almaÓ.[7] 

Ahora bien, estos objetivos superiores revelan que en nuestro entendimiento –que es la parte superior del alma humana– existe una tendencia natural a la adquisici—n del saber. Cuando el ser humano se esfuerza por alcanzar estos fines mediante los mejores objetos, vive conforme a lo mejor de s’ mismo. As’ es como se dirige hacia la virtud y, en consecuencia, hacia la verdadera felicidad, cuando encaminado hacia la sabidur’a (phr—nesis) adquiere Òun conocimiento contemplativoÓ (theorik�n epistemen). De ah’, entonces, concluye Arist—teles, Òel pensar y el contemplar son la funci—n propia del alma, y esto es lo que, sobre todas las cosas, es m‡s digno de ser elegido por los hombresÓ.[8]  Todo esto tiene que ver con la elecci—n de un tipo de vida, a la que el fil—sofo invita a travŽs de su ProtrŽptico. Estas afirmaciones, a su vez, habr‡n de hallar su pleno cumplimiento en Arist—teles precisamente en los momentos culminantes de su ƒtica, en que el fil—sofo relaciona la ÒvidaÓ (b’os) de los dioses con una cierta ÒactividadÓ (enŽrgeia), y esa actividad no es otra que una Òcontemplaci—nÓ (theor’a). As’, entonces, afirma: Òla actividad divina, que a todas aventaja en felicidad, deber’a ser contemplativaÓ.[9] En estas circunstancias, los objetivos que deber’an inducir a los hombres a preferir la filosof’a –tal como son propuestos en el ProtrŽptico– son ahora manifiestos; es decir: la vida de los hombres ser‡ feliz en la medida en que ella se asemeja a la actividad divina, que es vida de pura contemplaci—n. El hombre que se asemeja a lo divino es Òel que pone en ejercicio su raz—n, y al cultivarla, parece estar no solo en el mejor estado de mente, sino que ser el m‡s amigo de Dios (theofilŽstatos)Ó.[10] Aqu’ se ve claramente, me parece, que el alma humana, en especial su entendimiento, es visto por Arist—teles en ’ntima conexi—n con la divinidad, hasta el punto de que, los verdaderos objetivos del ser humano se manifiestan, en œltimo tŽrmino, al modo de una semejanza de lo que la divinidad, en su propia vida, eterna y felizmente ya posee.

 

La teor’a aristotŽlica del alma como realidad espiritual en el De Anima

 

            El cap’tulo primero del primer libro del De Anima, es un ejemplo relevante de la capacidad de Arist—teles como investigador. En poco m‡s de cuatro p‡ginas del texto griego, va describiendo con claridad sus objetivos m‡s espec’ficos al interior de un supuesto  que para Žl es permanente, es decir, que el conocimiento est‡ entre lo m‡s valioso y estimable, y que, habiendo saberes que son superiores a otros sea por su rigor, o porque sus objetos son mejores y m‡s admirables, Òpor ambos motivos deber’amos colocar razonablemente entre los primeros la investigaci—n sobre el almaÓ.[11]  Ahora bien, mi propia encuesta me fuerza a circunscribirme una vez m‡s al objeto m‡s particular de este trabajo, el del alma, en cuanto principio intelectivo y m‡s espec’ficamente humano. As’ entonces, es preciso hacer primero referencia a la definici—n que Arist—teles da acerca de esta entidad, a la que incluye entre aquellas realidades a las que llama ÒsubstanciasÓ (ous’a), es decir, en el uso b‡sico de la lengua griega, aquello que es lo propio de algo –a diferencia de lo que le es accidental–, y en un sentido m‡s filos—fico, la realidad estable, inmutable de una cosa, su substancia o entidad, que es equivalente en cierto sentido a su naturaleza verdadera. De ah’ que cuando hablamos de la ÒentidadÓ de una cosa o su ÒrealidadÓ, se estŽ aludiendo al mismo punto tem‡tico, que busca elucidar lo esencial de algo, aisl‡ndolo de todo aquello que se considera menos propio o menos naturalmente verdadero en aquello.

Ahora bien, parece que, como ya lo hab’a expuesto Plat—n, alma tiene que ver con aquello que es esencial y definitorio en el hombre, de modo que ella es Òpor necesidad una realidad (ous’an), al modo de una forma (eidos) de un cuerpo f’sico que tiene vida en potenciaÓ.[12] Para Arist—teles es claro que ÒformaÓ es lo que configura entitativamente algo, y que ella es en esa cosa –cualquiera que ella sea– un principio inteligible, y, por tanto, una realidad de calidad no f’sica en aquello (se llama inteligible, en cuanto en cada cosa hay algo que solo puede ser comprendida por el entendimiento). Una de las razones para considerarlo as’, es que lo que vemos de alguna cosa, por decir, una flor, no es lo mismo que aquello que de ella concebimos y comprendemos. Esto œltimo, que es el comprender algo, logramos hacerlo, segœn Arist—teles, en cuanto esa flor posee en s’ una forma, un eidos, que es en la flor el principio de su ordenamiento entitativo, y la raz—n adem‡s de su capacidad para ser entendida como algo determinado por un entendimiento. En otras palabras, las cosas tienen una aptitud natural para ser conocidas, y a eso llamamos ÔinteligibleÕ. La forma es, entonces, en la cosa una energ’a ordenadora y unificadora. Ese poder integrador del eidos se hace manifiesto, por consiguiente, en el hombre como alma, de modo que se dice que el cuerpo f’sico no se constituye como un organismo vivo sino en la medida en que posee esa psykhŽ: y el cuerpo, que as’ se organiza en su vida humana, es, en relaci—n a su forma vivificadora, Òun cuerpo natural que tiene vida en potenciaÓ. Un cuerpo solo es actualmente con vida cuando el alma –conforme a una segunda definici—n m‡s espec’fica del mismo fil—sofo– se constituye como Òla entelequia primera (otro tŽrmino para ous’a, que enfatiza el aspecto de realidad completa, de actividad y perfecci—n de algo) de un cuerpo natural org‡nicoÓ. Junto entonces a ese poder de organizaci—n del alma est‡ el de su condici—n inteligible, es decir, espiritual, pues al parecer solo podr’a ejercer ella ese papel integrador si posee esa calidad de no sensible. Es la forma, en resumen, como entidad espiritual, la que asegura la unidad del ÔcompuestoÕ hombre; y al fundamentar su unidad, consolida de ese modo su pervivencia.

 

Funciones del intelecto en el alma y la cuesti—n de su separabilidad

            Se supone que el alma es una sola en el individuo –como es una la forma en cada cosa–, pero si ella funciona vivificando un cuerpo, es que de algœn modo se diversifica en las partes de una realidad compuesta como es la corporal. De ah’ que se hable de ÔpartesÕ del alma, en la medida que ella nutre o sensibiliza sectores diversos del cuerpo, o posibilita el razonamiento o el movimiento . Ese trabajo del alma, que mantiene la vida de la realidad humana en su conjunto, recibe el nombre de ÒfacultadesÓ o ÒpotenciasÓ (dynameis). Por otra parte, la teor’a aristotŽlica de la forma supone que, all’ donde hay un eidos –que es lo da consistencia y realidad a una cosa–, todo lo dem‡s que coexiste bajo el amparo entitativo de ella carece o deja de poseer, a su vez, forma alguna subsistente. En otras palabras, todo lo dem‡s se transforma en accidental, incluso en el caso que se considere que hay partes que son propiedad innegable de un conjunto. As’, entonces, el alma es lo que manda, ontol—gicamente. Donde hay una copa, por ejemplo, el vidrio, o el pie, o lo que fuera de ella que no sea substancial, no es forma, as’ como el h’gado existiendo en un ser humano tampoco lo es, por mucho que, a su modo, subsiste como una cierta forma que se integra a la œnica que le da consistencia y unidad decisiva al conjunto. En esas circunstancias, es preciso analizar con mayor rigurosidad el alma en s’; es decir, investigar quŽ ser’a aquello que, independientemente del cuerpo, constituye substancialmente a la entidad espiritual.

            Por supuesto que quedan muchas interrogantes sin contestar, pero al menos el fil—sofo intenta responder a ciertas preguntas que su esp’ritu inquisitivo le suscita. La duda principal est‡ relacionada con la separabilidad. Dice Arist—teles:

            Y con respecto al intelecto y a la potencia especulativa no hay nada claro; parece sin embargo que es otro gŽnero de alma, y que solo este gŽnero es id—neo para separarse, como lo eterno lo es de lo corruptible (De Anima 413b 24-27).

            Al parecer, hay partes del alma, como las llamadas facultades o potencias –por ejemplo, la de tipo nutritivo–, que no est‡n ÔseparadasÕ de aquello que animan.[13] Por eso que no est‡n plenamente en acto; pero al alma, se dec’a, es el Òacto primeroÓ, y es preciso buscar aquello que en ella, si es posible decirlo, es puro acto. Sucede, entonces, que, tal vez por la misma l—gica de la teor’a de la forma o eidos, es necesario precisar en el alma misma aquello que, de manera superior, proporciona al conjunto alma su condici—n de entidad una e inteligible. Para Arist—teles, eso superior debe estar  ÔseparadoÕ; o mejor dicho, debe ser algo Ôapto de separaci—nÕ; y eso es el intelecto.

            Hay que centrar, en consecuencia, nuestro an‡lisis en el acto de inteligir, y examinar con mayor detenci—n aquella parte del alma con la que esta conoce y piensa. Dos son los cap’tulos que establecen las opiniones de mayor relevancia sobre el tema crucial del intelecto humano en toda la obra, a saber, De Anima III 4-5. Primero que todo, Arist—teles nos sorprende con una afirmaci—n que parece contradecir la definici—n de alma, puesto que dice que el intelecto (nožs) no tiene naturaleza alguna aparte del hecho de que es potencial, y que el llamado intelecto del alma que razona y enjuicia Òno es en acto ninguno de los entes antes de entenderÓ (III 4). Conviene, entonces, tener presente que Arist—teles plantea la existencia en nosotros de dos intelectos, que desde los comentaristas griegos fueron llamados (aunque no es expresi—n directa de Arist—teles) respectivamente intelecto paciente e intelecto agente. Esta distinci—n surge precisamente de un an‡lisis del acto de entender. El paciente es ese intelecto que, segœn el fil—sofo, Òno tiene naturaleza alguna propia aparte de esta, que es potencialÓ (De Anima III, 4). Pero se supone que aquello con lo que nos hacemos en œltimo tŽrmino de la realidad, el intelecto agente, debe ser sin mezcla alguna, para no obstaculizar e interferir el proceso del conocimiento, y ser separado, por eso mismo, del cuerpo. De ese modo, por ejemplo, para entender lo fr’o no como un concreto sino como un universal, no tenemos —rgano corporal, puesto que los —rganos sensoriales reaccionan al dato particular, y el fr’o que podemos experimentar es el de una cosa espec’ficamente concreta. No hay —rgano para el entender, piensa Arist—teles, por mucho que, como ve’amos m‡s arriba, ya para Plat—n la residencia del alma intelectiva es precisamente el cerebro. Sin embargo, una cosa es hallar d—nde se asientan ciertas funciones que asimilamos al pensar, y otra el poder determinar y decidir acerca de la relaci—n causal que pueda unirlos. Que es un asunto que sigue ocupando a los cient’ficos en nuestro tiempo, bastar’a quiz‡s con mencionar –sea o no una propuesta aceptada hoy por los estudiosos– la siguiente afirmaci—n de John C. Eccles:

            ÒLos acontecimientos cerebrales permanecen dispersos, siendo esencialmente las acciones individuales de incontables neuronas que est‡n incorporadas a circuitos complejos, participando as’ en los patrones espaciotemporales de actividad. . . Nuestra actual hip—tesis considera la maquinaria neuronal como un complejo de estructuras radiantes y receptoras: la unidad experimentada no procede de una s’ntesis neurofisiol—gica, sino del propuesto car‡cter integrador de la mente autoconsciente. Conjeturamos que, en primer lugar, la mente autoconsciente se ha desarrollado a fin de conferir esa unidad al yo en todas sus experiencias y acciones conscientesÓ.[14]

            El problema que Arist—teles pretende solucionar con su propia teor’a del alma como intelecto (particularmente el llamado agente) es, me atrevo a decir, fundamentalmente el mismo que busca solucionar Eccles, y es el de la necesaria unidad del hombre mediante un poder espiritual superior, que gobierna el conjunto org‡nico del ser humano de un modo que sugiere una autonom’a, que habr’a que precisar. De aqu’ surge un asunto incluso m‡s fundamental, que, como veremos, insinœa la conveniencia de que, aquello que manda y unifica, debe ser y existir de algœn modo separado.

            Ahora bien, el intelecto llamado paciente no es propiamente el que manda, pues por el contrario se le muestra, en una famosa imagen, en potencia Òcomo una tablilla en la que nada se encuentra actualmente escritoÓ (De Anima III, 4; 429b 31-430a 1). Esta tabula rasa no es el intelecto que hace del alma humana finalmente una forma del conjunto, ni el que culmina el proceso de pensar, pero se muestra como una cualidad necesaria del intelecto humano, que parece precisar –en el proceso de intelecci—n– un intervalo de recepci—n, libre de toda interferencia org‡nica y creativa. Lo que se recibe sin interposici—n en el esp’ritu son las formas inteligibles de las cosas, en cuanto toda la realidad del mundo sensible posee tambiŽn formas que determinan la existencia particular de cada realidad concreta, la despliegan en su ser, y le proporcionan una intr’nseca capacidad intelectiva, que, abierta al espacio del universo, las hace cognoscibles. Las cosas, en s’ntesis, son comprensibles para nosotros porque poseen en s’ algo que est‡ en ellas, que no es propiamente sensible –a saber, su forma, su nœcleo eidŽtico–, que hace que, m‡s all‡ de su ÒformaÓ natural, posean un elemento que es cognoscible solo por algo que es como ella, el intelecto llamado paciente, Òcon el queÓ nuestro entendimiento Òllega a ser todas las cosasÓ (III, 5). Deber’amos entender la forma, entonces, de esta manera; porque si bien Arist—teles suele usar eidos en el sentido de figura sensible, m‡s a menudo quiz‡ se la piensa como Òalgo que es un objeto del pensamiento m‡s que del sentido, como la naturaleza interna de una cosa, que es expresada en su definici—n, el plan de su estructuraÓ.[15] Esta noci—n del alma como un eidos que se–ala una Òestructura inteligibleÓ, es una condici—n necesaria para conocer quŽ es ella en general, y es tambiŽn un modo de mostrar en quŽ consiste el alma en su nivel superior.[16] Ella posee un intelecto por el que llega a ser todo, y otro, ÔcreativoÕ –como lo analizaremos a continuaci—n–, por el que hace todo.

            As’, entonces, el intelecto paciente es condici—n previa del conocer –que es el acto que por excelencia revela la condici—n espiritual del ser humano–, pero no es el Òacto primeroÓ que define al alma como principio del ser humano. De ah’ que no deber’a explicarse nuestro intelecto como una tabula rasa, puesto que no es eso lo que lo define. Lo determinante no est‡ all’, sino en el hecho de que nuestro intelecto consistir’a en una realidad Òcausal y productora, a la que corresponde hacer todas las cosasÓ (III, 5). El significado de ÒcausalÓ parece ser el de Ôalgo responsableÕ; y el hecho de que sea una entidad ÒproductoraÓ (poietik—n), se–ala que este intelecto es una entidad  ÔcreativaÕ y ÔactivaÕ, una realidad gracias a la que el alma Òhace todas las cosasÓ. De ah’ que se le llam— intellectus agens, algo que subsiste en nosotros activamente, como una disposici—n habitual, Òa la manera, dice, de la luzÓ. 

            Esto es, entonces, el alma en su condici—n m‡s esencial, en la medida que, conforme a los principios aristotŽlicos, lo m‡s esencial es la forma inteligible que algo tiene en s’, y que se constituye en cada cosa f’sica como aquello que en definitiva le proporciona un car‡cter de entidad. El hombre es un esto (tode ti = substancia), es decir, algo identificable, en definitiva por efecto de su intelecto superior y en acto. Las afirmaciones de Arist—teles en De Anima III, 5 son justamente cŽlebres, y a pesar de abarcar apenas poco m‡s de media p‡gina del texto griego, han sido objeto de muy diversas interpretaciones y controversias. Es verdad, lo m‡s correcto es sin duda atenerse al autor, lo que significa revisar con cuidado en primer lugar su texto griego original. Pero no siempre basta con el texto, puesto que en muchos sentidos permanece oscuro para nosotros. Es preciso, entonces, revisar desde un cierto elemento clave estos asertos del Estagirita, y que dice relaci—n primeramente con la separabilidad de las formas substanciales. A diferencia de Plat—n, nuestro fil—sofo supuso que el eidos (ÒformaÓ) de las cosas f’sicas (entre las que se cuenta nuestro cuerpo) era algo que estaba en las cosas mismas. Plat—n consideraba que ese eidos no estaba en las cosas, y que hab’a un solo eidos para toda la multitud de cosas que pertenec’an a algo de una misma naturaleza. Hay un solo leopardo en s’, en eidos, y muchos leopardos que participan de Žl, que adem‡s subsiste separado. Eso es Plat—n; y Arist—teles, por su parte, piensa que el eidos o forma (la misma palabra plat—nica) tiene algo inteligible, cosa que tambiŽn pens— Plat—n, pero un elemento que suponemos est‡ en las cosas, aunque solo es reconocible por el entendimiento. Ese eidos no era, entonces, separado en el sentido plat—nico, puesto que subsist’a en las cosas mismas. Esto estar’a revelando que Arist—teles cree que en las cosas materiales existe algo que de hecho no es material; y eso ser’a la forma, que denominamos inteligible por el hecho de ser solo comprensible por nuestra mente, y depender no directamente de los sentidos, a no ser de una manera mediata. En esas circunstancias, el alma en Arist—teles, en cuanto es forma del cuerpo, comparte con las dem‡s formas su car‡cter inteligible; pero por tratarse de una cosa viva como el ser humano, que adem‡s comprende a la manera que el hombre comprende, revela ciertas caracter’sticas que le son peculiares, y hacen necesaria una investigaci—n especial acerca de ella.

            Ahora bien, antes de continuar con nuestro an‡lisis es conveniente decir que, separado, ser separado, es una expresi—n acu–ada por Arist—teles para designar el eidos plat—nico. Yo, por mi parte, llamo platonizante a todo el ‡mbito de esta idea, que, como veremos, se insinœa tambiŽn en el concepto de alma aristotŽlico precisamente en un aspecto decisivo. He aqu’ el texto fundamental del De Anima III, 5, segœn mi lectura del texto griego:

ÒY existe por una parte ese intelecto por el cual <el alma> llega a ser todas las cosas, y el otro, por el que las hace todas, como si fuera una disposici—n habitual, tal como la luz: porque de un cierto modo la luz  hace que los colores en potencia sean colores en acto. Y este es el intelecto apto de separaci—n, tanto impasible como sin mezcla, puesto que est‡ siendo acto por efecto de su entidad (ous’a)Ó.

            Nos hallamos as’ ante el p‡rrafo, sin disputa –junto al que citarŽ luego y que viene en el texto unas l’neas m‡s adelante– el m‡s controvertido y famoso de la obra. Que esta entidad podr’a ser un Òintelecto apto de separaci—nÓ (nožs khorist—s), introduce un asunto que no deber’a sorprender, si se hubiera tomado nota en la lectura del De Anima de afirmaciones hechas anteriormente, aunque todav’a de forma tentativa:

            ÓY acerca del intelecto y de la potencia especulativa no hay nada claro, pero parece que son un tipo de alma distinto, y esto solamente parece darse separado, como lo eterno de lo corruptibleÓ (De Anima 413b 24-27).

            Separado significa en estos contextos con seguridad Ôseparado de un cuerpoÕ, como se hab’a dicho en III, 4. Pero tiene evidentemente connotaciones que en cierta medida se nos escapan, y que apuntan quiz‡ al car‡cter inteligible y aut—nomo que una entidad de esa naturaleza –como lo hab’a tenido en Plat—n– posee. Dios, para Arist—teles, es precisamente la entidad que, por excelencia, Òexiste separada de las cosas sensiblesÓ (kekhorismene t™n aisthet™n, Metaf’sica XII, 7, 1073a 4). Lo que existe o puede existir separado, entonces, se supone que posee la aptitud de ser y funcionar en forma independiente y aut—noma de aquello con lo que podr’a tener relaci—n. Y esa forma aut—noma es de tal calidad, en primer lugar, Òporque es acto en raz—n de su propia substanciaÓ (430a 18), mientras que aquello con lo que tiene relaci—n existe de un modo u otro, en algœn respecto, en potencia. Esa es tambiŽn, mutatis mutandis, la relaci—n que puede haber entre Dios y el mundo. Ahora bien, en lo que respecta al alma humana, esto es ya un paso trascendental en una filosof’a como la de Arist—teles, que hab’a precisamente fundado su diferencia con el platonismo en su propuesta de formas que exist’an inmanentes en las cosas, y no separadas. Estas cosas a que me refiero son las realidades del mundo sensible. Sin embargo, cuando se trata de exponer una teor’a de la substancia espiritual (como lo es el alma humana), de las inteligencias celestes y de Dios, Arist—teles ve la conveniencia de utilizar una doctrina de las substancias separadas, que podemos considerar platonizante. Ello corresponde, a mi juicio, a la necesidad de integrar su teor’a de la substancia o entidad (ous’a) natural sensible (en que las formas inteligibles existen inmanentes a las cosas), a su f’sica estelar –quiero decir, supra-lunar– y su teolog’a. Me refiero m‡s espec’ficamente a su filosof’a primera, es decir, su metaf’sica sobre los seres divinos, que da lugar finalmente, en el libro XII de la Metaf’sica, a su teor’a de las tres clases de substancias, que abarca precisamente todo tipo de entidad posibles en el conjunto del universo. Las formas substanciales que componen el universo estelar de la inteligencias celestes, por ejemplo, son entidades separadas, que dirigen los seres astrales de un modo similar a como nuestro intelecto en acto rige su cuerpo, si bien Arist—teles deja expresamente en claro que esos cuerpos celestes son a su vez incorruptibles.

            Retornando a nuestro tema principal, queda dicho entonces por el fil—sofo que el intelecto activo es propiamente la forma que da al alma su estructura inteligible, y que, a diferencia de  todo otro ser en la naturaleza de las cosas (en el mundo sub-lunar), manifiesta una Ôaptitud de separaci—nÕ (khorist—s) solo presente en propiedad en los seres divinos y eternos. En III, 4 el fil—sofo hab’a dicho que Òla facultad sensible no se da sin el cuerpo, mientras que el intelecto es apto de separaci—nÓ. Ahora, al culminar su breve cap’tulo 5 del libro tercero De Anima, Arist—teles concluye el p‡rrafo cuya primera parte hab’a citado m‡s arriba, y que comenzaba Òy existe por una parte ese intelectoÓ (III, 5), diciendo:

            ÒY solo una vez separado (khoristheis) Žl es lo que propiamente es, y esto solo es inmortal y divino. . . y nada piensa sin ŽlÓ (430a 21-25).

            Y haciendo una interpretaci—n de todo ese p‡rrafo (cuyo parŽntesis he omitido en la cita reciŽn dada), se podr’a entender como sigue:

            ÔY este solo <intelecto activo> es inmortal y eterno (nosotros, sin embargo, despuŽs de la muerte no recordamos nuestra vida en la tierra, porque el intelecto activo no est‡ afectado por los acontecimientos, mientras que el pasivo, que es afectado por ellos, es perecible); y sin el intelecto activo, nada piensaÕ.

            No entrarŽ en todos los detalles de este complejo p‡rrafo, pero quisiera poner Žnfasis en la referencia, si se quiere inopinada, a la pervivencia del alma despuŽs de la muerte, en el entendido que solo es inmortal el intelecto activo del alma, que es el œnico que mantiene en esta vida su condici—n de ser en acto Ôsin mezcla e impasibleÕ. Ahora bien, esta conclusi—n no es en modo alguno sorprendente, si se mira con detenci—n todo el complejo proceso que ha llevado a Arist—teles a identificar al alma, en su ‡pice, con un intelecto o nožs que posee las caracter’sticas que, en su propio y nivel superior, posee Dios.[17]

 

Lo que viene Òde fuera de la puertaÓ(thœrathen): sugerencias finales

            Luego de todo un cap’tulo en que se rechaza la idea de que el alma es armon’a y proporci—n, y en que se supone que el intelecto mismo es, por su misma constituci—n, impasible, en una frase enigm‡tica Arist—teles afirma:

            ÒY se considera que el intelecto, puesto que es substancia, se produce dentro y no pereceÓ (De Anima I, 4, 408b 18-19).

La cita reciŽn referida propone la inmortalidad del intelecto, sin hacer aœn las distinciones de III, 4-5 de los dos intelectos, y parece decir que, por el hecho de ser el intelecto en nosotros al modo de una substancia, Žl se produce en nosotros y no perece. Esta constataci—n proviene de algunas propuestas anteriores, como la aceptaci—n por parte de Arist—teles de que el intelecto, como ya lo hab’a sugerido Anax‡goras, Òes el œnico impasible y no tiene nada en comœn con ninguna de las otras cosasÓ (De Anima 405b 19-21); y que, en consecuencia –contra la opini—n general de los fil—sofos anteriores –Òes imposible que se dŽ movimiento en el almaÓ (I, 3, 406a 1). En esas circunstancias, el œnico ser que tiene como substancia (que aqu’ es lo mismo que su forma, Òuna naturaleza que no es elemento sino principioÓ[18]) un intelecto como el descrito, posee en consecuencia un principio inmortal.[19]

            La frase en referencia, segœn mi opini—n (eoiken, es traducido por los autores como ÒpareceÓ), significa Òse considera queÓ, y, a diferencia de lo que piensa Ross, el Žnfasis es puesto en Òse produce y no pereceÓ, y no en la frase dependiente Òpuesto que es substanciaÓ.[20]  El punto clave, me parece, est‡ en ese eng’gnesthai que, con dudas, he interpretado como Òse produce dentroÓ. El verbo es rico en matices, y puede significar, Ônacer en, surgir, aparecer enÕ, o bien, Ôtener lugar, suceder enÕ. He podido constatar, adem‡s, que eng’gnesthai, ya que tambiŽn significa Ôpresentarse, intervenirÕ, conserva una sugerente idea de movimiento en o hacia algo, una gradaci—n significativa que sugiere la idea de ÒintroducirseÓ. Esto es significativo para el caso que quiero presentar. Es probable que aqu’ estŽ en juego un asunto crucial, de esos que Arist—teles parece complacerse en dejar en suspenso. Toda substancia que se produce en algo (puesto que son de las que nacen o aparecen en el mundo de la naturaleza) deber’a en algœn momento perecer. Esta, sin embargo, es declarada imperecedero, cosa que, en cualquier otra circunstancia, ser’a una contradicci—n entre las substancias naturales. Esto œnico que se produce en toda la naturaleza, a saber, el nacimiento de un intelecto en el hombre, surgir’a, entonces, como un suceso, al modo de algo que acontece como un advenimiento (a diferencia de toda otra forma natural, que propiamente no se introduce o adviene, sino que se halla o produce en la cosa, y con ella finalmente perece). Lo que Ross quiere evitar aceptar (forzando el Žnfasis de la frase en Òseems to be in us a substanceÓ) es que esta oraci—n, como dice Žl, Òdoes not involve the doctrine of ho thœrathen nožs <literalmente, Õel intelecto de fuera de la puertaÕ> (De Generatione Animalium 736b 28), the reason which enters from outsideÓ.[21] Este es un punto de interŽs, porque creo precisamente lo contrario, es decir, que aqu’ hay una alusi—n –aunque un tanto oscura– acerca de este asunto.

            Lo que est‡ en juego, en consecuencia, es un tema de gran interŽs, que Arist—teles no plantea al parecer en De Anima, ni menos aœn discute, a saber, sobre la procedencia de ese intelecto que Žl ha declarado inmortal. Al comentar esta frase que estoy analizando de De Anima I, 4, T. Calvo  tambiŽn disiente de Ross.[22] Ahora bien, Arist—teles, en Acerca de la generaci—n de los animales, luego de una compleja discusi—n sobre el semen y el alma, dice lo siguiente:

            ÒQueda, entonces, que el intelecto solo penetra desde afuera (thœrathen) y es el solo divino, porque la actividad corporal no tiene nada en comœn con la actividad del intelectoÓ (De generatione animalium II, III, 736b 28-29).

            Arist—teles ha dicho previamente que el semen y las fetaciones (que no se dan separadas de quien cr’a), poseen, por ejemplo, en forma potencial –y no actual– el alma nutritiva, y que, aquellos principios cuya actividad es f’sica, no pueden estar presentes sin un cuerpo f’sico. Ahora bien, no es ahora mi intensi—n analizar en profundidad estos dif’ciles textos, que solo he querido aludir en referencia a ciertos problemas planteados por el mismo fil—sofo en el De Anima. Este œltimo punto, sin embargo, abre insospechados horizontes, y fue de hecho estudiado y  discutido por los grandes comentaristas griegos de Arist—teles, cuyas obras han llegado hasta nosotros, y constituyen en su conjunto una mediaci—n de vital importancia en la interpretaci—n de la obra del Estagirita. Comentaristas de Arist—teles como Temistio, fundan un sistema de exŽgesis que ha de continuar su influencia a lo largo de la Edad Media. Solo me referirŽ en esta ocasi—n al hecho de que Temistio (s. IV d. C.), en su Comentario al tratado del alma de Arist—teles, cita un fragmento de Teofrasto –colega y sucesor de Arist—teles en el Liceo–, que afirma que el nacimiento de este intelecto activo se realiza probablemente Òcomo algo ingŽnito (hos agŽnetos), ya que es adem‡s incorruptibleÓ. Solo a–adirŽ que ya Alejandro de Afrodisias (s. III d. C.) en su De Anima Liber relaciona el intelecto activo aristotŽlico con aquel que viene de afuera.[23]

            Proceder desde afuera puede entenderse de diversas maneras, pero sin duda que una interpretaci—n veros’mil nos deber’a llevar a considerar que aqu’ se trata del origen no material del alma, en su condici—n intelectiva superior. Lo que constituye al alma, es decir, su eidos, est‡ all’ en esa alma –suponemos desde un inicio– constituyendo su condici—n de entidad substancial; y que por ser algo separado, no est‡ condicionado por su complemento org‡nico. Arist—teles no analiza estas cuestiones en la profundidad y extensi—n que hubieran permitido una m‡s clara definici—n de sus asertos, pero su examen de estas cuestiones acerca del origen, as’ como sus estudios sobre el alma humana en general, revelan  una poco frecuente penetraci—n intelectual e ingenio. Ahora bien, en el horizonte del saber cient’fico griego, la filosof’a interpreta esa tendencia general del hombre por conocer, en un sentido m‡s espec’fico, es decir, en cuanto aspira a conocer la realidad en su calidad de realidad; y lo real de un modo u otro es lo que es. Y puesto que aquello que es se supone que es lo m‡s real, por eso mismo aquello deber’a decir relaci—n con la verdad. Por eso que ella no intenta estar al servicio de ninguna ciencia, si bien su bœsqueda desinteresada de la verdad puede servir por eso mismo a toda ciencia humana. En esas circunstancias, el estudio del alma desde la filosof’a –como es el caso de Arist—teles– revela quiz‡ m‡s los problemas que circundan su realidad como tal que las soluciones que pueden darse acerca de ella; pero es indudable que un estudio de esta naturaleza puede demostrar cu‡les podr’an ser las v’as que, mediante una correcta metodolog’a, podr’an conducir al encuentro de esas soluciones. Porque, al parecer, no podr’a haber respuesta propiamente satisfactoria para este tipo de asunto, sin aquello que en su momento ya Arist—teles intenta hacer: conciliar el estudio y la investigaci—n filos—fica con el aporte progresivo de la ciencia. Es verdad, la ciencia es de por s’ provisoria, y no hay culpa en ello; pero la bœsqueda de lo permanente no puede hacerse a espaldas del conjunto de la realidad.

 

îscar Vel‡squez

Profesor Titular

Pontificia Universidad Cat—lica/

Universidad de Chile

 

Art’culo publicado en Ars Medica Revista de estudios mŽdicos human’sticos (Facultad de Medicina Universidad Cat—lica de Chile) vol 4 N 6 (2002) 141‑153.                   

 

 



[1]  Del Alma 405b 11-12.

[2]  Eur’pides, fragmento 1018, Nauck.

[3] Alcib’ades 130 c: ÒY puesto que ni el cuerpo ni el compuesto es un hombre, queda, creo, o que es nada, o si es algo, resulta que el hombre no es otra cosa que almaÓ (Plat—n Alcib’ades Versi—n del griego, presentaci—n general y notas, Oscar Vel‡squez, Editorial Dionysos Santiago de Chile 1979).

[4]  Eudemo, fragmento 5, Ross.

[5]  Eudemo, fragmento 7, Ross.

[6]  Confesiones III, 7. En otro trabajo he discutido este tema, centr‡ndolo en la vida de san Agust’n: ÒLa lectura del Hortensio y la visi—n de Ostia en las Confesiones de san Agust’nÓ, en Seminarios de Filosof’a, volumen especial, Santiago de Chile 1993, pp. 185-195.

[7]  ProtrŽptico, fragmento 6, Ross.

[8]  ProtrŽptico, ibid. En su cap’tulo acerca de Arist—teles como disc’pulo de Plat—n, G. E. R. Lloyd dice del ProtrŽptico: ÒAs suits the main theme of the work, great emphasis was laid on contemplation as the highest activity of man and on the attainment of knowledge and wisdom as his foremost goalÓ (Aristotle: The Growth and Structure of his Thought, Cambridge University Press 1968 p. 33).

[9]  ƒtica a Nic—maco X, 8 (1178b 21-22).

[10]  ƒtica a Nic—maco, 1079a 22-24.

[11]  De Anima 402a 1-4. El tŽrmino histor’a, que he traducido como Òinvestigaci—nÓ, tiene precisamente esa significaci—n b‡sica (Òinquiry, scienceÓ; y de ah’, el significado que damos a ese conocimiento as’ adquirido, es decir, Òinformation, knowledgeÓ. Estos sentidos ya se encuentran en el mismo Her—doto, el Òpadre de la historiaÓ, donde tambiŽn est‡ presente el significado de Òwritten account of oneÕs inquiries, narrative, historyÓ (datos proporcionados por A Greek-English Lexicon, Liddle-Scott-Jones, Oxford edici—n 1996).

[12]  De Anima 412a 19-21.

[13]  ÒY llamamos potencias a las facultades nutritiva, sensitiva, desiderativa, motora y discursivaÓ (De Anima 414a 31-32).

[14]  John C. Eccles y Karl R. Popper, El Yo y su Cerebro, Barcelona 1980 p. 407. Las cursivas de la nota vienen en el original, Ed. 1977 Springer-Verlag, Berlin, Heildelberg, New York.

[15]  David Ross, Aristotle, London 1971 (5a edici—n revisada, 1949) p. 74.

[16]  ÒOn the whole, morphe points to sensible shape and eidos to intelligible structure, and the latter is the main element in Aristotle«s notion of formÓ (D. Ross, ibid.).

[17]  Dios, como enŽrgeia prote, es decir, Ôacto primeroÕ, y como nožs es analizado especialmente en Metaf’sica XII, 6-8.

[18]  Arist—teles, Metaf’sica VII, 17.

[19]  La traducci—n de Tom‡s Calvo Mart’nez (Arist—teles, Acerca del Alma, Introducci—n, Traducci—n y Notas. Editorial Gredos Madrid 1988 (1978) para esta misma frase dice as’: ÒEl intelecto, por su parte, parece ser –en su origen– una entidad independiente y que no est‡ sometida a corrupci—nÓ.

 

[20]  David Ross,  Aristotle De Anima Edited, with  Introduction and Commentary, Oxford 1967 (1961), p. 198.

[21]  D. Ross, Aristotle De Anima, p. 198.

[22]  ÒA nuestro juicio, este texto ha de entenderse en conexi—n con la doctrina propuesta al respecto en el libro Acerca de la generaci—n de los animales II 3, 736b 25-29. All’ se afirma –como œnica hip—tesis aceptable respecto de la aparici—n del intelecto en el hombre– que Òsolamente el intelecto que adviene desde fuera y solo Žl es divinoÓ; T. Calvo, Arist—teles Acerca del Alma, p. 155 n. 15.

[23]  Alexandri Aphrodisiensis De Anima Liber cum Mantissa p. 109, 22, Berolini 1887: ÒEl llamado intelecto agente es el desde afuera (thœrathen)Ó; ver ibid. p. 90, 19 ss.